Se terminó de un trago lo que quedaba en la botella de anís.
Hacía un frío intenso esa noche. Adentro
de la patrulla no era mejor. La calefacción no servía. Llevaba puestos los
guantes de piel que su hermano le regaló por navidades. Él no había llevado
regalos para nadie ese año.
Con dificultad
prendió un cigarro. Miró por la ventana hacia la oscuridad de la noche. La
calle vacía. Algunas luces prendidas dentro de las casas. De pronto se dio
cuenta de lo mucho que le costaba estar trabajando en estos momentos.
En el radio sonó una voz robótica anunciando un asalto en
proceso a solo 10 minutos de donde él se encontraba.
El cigarro no le duró el tiempo suficiente y se prendió
otro. Se quitó los guantes y se pasó una mano por la cara. Sintió lo rasposo de
su barbilla sin afeitar con la punta de los dedos.
En el radio
anunciaban que el asalto se había convertido en asesinato. Llamaban a todas las
unidades.
Se terminó el cigarro y arrancó el motor del coche. Era una
patrulla vieja y había que esperar a que se calentara antes de poder lograr
avanzar. Pasó un rato escuchando el ronroneo del motor en marcha. Después
pareció cambiar de idea y volvió a apagar el motor. Pensó que quizá ya se
habría ocupado alguien del asunto.
Se acomodó en el asiento y trato de dormir un poco. Al cabo
de media hora despertó helado. Nervioso.
Salió de la patrulla y caminó dos
cuadras hasta una tienda de 24 horas. Compro una nueva botella de anís, un
paquete de cigarros y una revista de chismes de la farándula.
Regresó a la patrulla y antes de entrar orinó la llanta
trasera del coche. Cerró la puerta justo cuando se escuchó algo semejante a un
disparo.
Se quedó frío. Tieso. Inmóvil. Escuchando con toda su atención.
Tratando de encontrar en su campo auditivo algo que lo alertara de nuevo. Algún
grito. Otro disparo. Sirenas. Algo. Pero no. Nada.
Se acomodó de nuevo en su asiento. Abrió la botella mientras
miraba por los espejos hacia atrás. Se dio un buen trago y sintió el calor del
licor dulce abrasar su estómago. Suspiró. Recordó a su hermano en la fiesta de
navidad. El centro de las conversaciones familiares. Su hermano el doctor. El
exitoso. Con regalos para todos. Con botellas caras. El de la conversación
interminable. El de la mujer hermosa. El
de los hijos bien-portados.
Se dio otro trago de anís y se le antojo un cigarro. Abrió
la cajetilla después de golpearla contra la palma de su mano tres veces. Se
prendió el cigarro. Bajó la ventana unos centímetros justo en el momento en que
un perro aulló muy cerca de su puerta. Instintivamente se llevó la mano a la
pistola. Después soltó una leve risa y se recargó en el respaldo. Cerró los
ojos mientras soltaba una bocanada de humo.
Cuando los abrió de
nuevo, vio frente a sí un resplandor amarillento y quemado. Instantes después
escuchó un trueno metálico. Le pareció que el sonido venía de muy lejos. Se
dijo que no era algo que tuviera que ver con él. No se movió. Lentamente le fue
inundando un calor abrasador en el hombro. Como una quemada de cigarro que
naciera del interior de la piel. Pero creciente. Cada vez más intensa. Más
dolorosa. Le cruzó por la mente que ese dolor no era suyo. Que no estaba dentro
de él. Después le llegó el dulce olor de la carne quemada y lo comprendió todo.
Le habían disparado. A él. Un policía en turno. Le había disparado en el brazo. Y dolía. Dolía como nada que le hubiera dolido jamás en la
vida. Después sintió la sangre tibia bajando por el brazo hasta empaparle la
mano. La sangre abandonándolo. Huyendo de su cuerpo. Quitándole la vida. Poco a
poco. Y pensó de pronto que esto no le estaba pasando a él. Que le estaba
pasando a alguien más. A cualquiera. Quizás… a su hermano.
L.A. 2015