Habían asegurado sus lugares dentro del microbús gracias a
esa destreza, perfeccionada con cada ida al mercado, de alejar a cualquier ser
vivo haciendo bruscos movimientos con la docena de bolsas que cargaban,
mientras hacían fila en la parada. Mejor aún que habían logrado salir prestas
del mercado y ser las dos primeras en llegar al señalamiento azul: sólo con la
franja amarilla delante de sus robustos cuerpos había la posibilidad de que incluso las bolsas
tuvieran un lugar acojinado dentro del transporte público. Ya desde antes de
subir empezaba su letanía de insatisfacciones sufridas durante la compra de los
martes. Ay, manita ¡harto que subió el kilo de jitomates sólo en dos
semanas!...Sí, comadre, aunque para mí que el gordo ná más le subió el costo pa
chingar, no sé si te conté que el martes pasado me vio platicando con el de las
películas, se me hace que se enceló… ¿a poco sí, di?... pues no sé lo que cree
que somos sólo porque le acepté una salidita de nada. Cuando el microbús llega
y empiezan a subir en él, el oscilar de las bolsas se reanuda, sólo para que a
nadie se le ocurra rebasarlas en el, de por sí estrecho, pasillo del camión. Eligen
lugares de en medio y se sientan: dos coloridos alebrijes, mitad guajolotes,
mitad paquidermos, que aflojan simultáneamente las rodillas para que la
gravedad jale sus flácidos traseros hacia el cojín destartalado. En el respaldo
de enfrente pueden leer algunas frases escritas a punta de navaja [te amo Rodolfo,
Joselín la de 3ro B es una puta, La Secu 4 rifa], pasan los años y no hay mejor
terapia en la pubertad que escupir la catarsis en cualquier superficie vertical
– aunque el Facebook también tiene lo suyo, pero eso, nuestras comadres, no lo
saben -. Una de ellas, de delantal rojo, lee las frases – tropezando entre líneas
con algún dibujo obsceno que la hace reacomodarse en el asiento – y recuerda su
infancia en un segundo. Luego recuerda a Carlita, la sobrina que va en
secundaria, tan listilla, tan modosita, el orgullo de la familia. Le encuentra
un ligero parecido con la chamaca del asiento de enfrente, sentada tan
derechita y con el moño tan bien hecho sosteniendo la cola de caballo con que
va peinada. Sí, se parece, aunque piensa que Carlita es más bonita, más güerita.
Al arrancar el camión, su comadre – delantal azul – trata de pedirle a otra
niña, gorda y también con uniforme de secundaria oficial, sentada del otro lado
del pasillo, que le pase el jitomate que cayó y
rodó a sus pies, pero ésta no la escucha: está absorta mirando a la niña
del moño blanco, congelada en una mueca que sólo se antoja de odio. Tal vez esa
maldita niña bonita le arrebató al pretendiente, al campeón goleador de las
cascaritas, durante el receso, justo cuando ella pedía su segunda ración de
papas Sabritas, o alguno de esos productos que invariablemente se encuentran en
las cafeterías de las secundarias públicas. Como sea, se le queda
viendo feo, entre odio y admiración, clásicos celos adolescentes. Lo que no
sabe, es que la niña de moño blanco también está absorta, no en lo que pudo haber
pasado, sino en lo que pasó, a diferencia de la niña gorda en su mente sólo le
da vueltas a la idea de llegar a casa y darse un buen baño; tal vez así logre
quitarse la sensación de las manos del profe de educación física sobre su
cuerpo.
Al primer alto el chofer enciende la radio… Espero también, que todas las veces que te
haga el amor, en vez de pétalos de flor, adorne tu cama con puros billetes…
las comadres empiezan a cantar por lo bajo la melodía norteña, mientras en la
mente de todos los pasajeros se reafirma un recelo social, herencia de varias
generaciones… Espero también, que todas
las veces que te haga el amor, te traicione el corazón, y loca en placer tú le
digas mi nombre… Justo antes de
arrancar, sube un nuevo pasajero, un gringo de treinta y pico de años al que
las comadres ven con buen ojo. Para suerte de ellas se sienta cerca, junto a la
niña gorda, quien se recorre hacia la ventana y sonríe, esperando inútilmente
que la niña del moño blanco voltee a verla. La comadre del delantal rojo lo
imagina como el protagonista del videoclip de la canción que suena en la radio,
que baila con ella muy pegadito. Su comadre la saca de la ensoñación… Ay
manita, estoy como un poco hasta la madre de que la muchacha, la Eusebia, ya se
queja de todo, que si le pido que lave mejor la loza, me hace jeta y así… ¿A
poco sí, di?... Sí, comadre, en estos tiempos es difícil conseguir una muchacha,
pues que haga bien las cosas, ¿no? como se debe, que no sea tan india, pues… La
comadre empieza a enumerar una larga lista de fallas por parte de Eusebia,
incluso a inventarlas, mientras sube el volumen de su voz, animada por la
extraña idea de que el gringo la fuera a escuchar. Seguro él la entendía,
seguro él tenía una “muchacha” de la cual quejarse. Pero el gringo apenas sabe
algo de español, de hecho justo ese día está arrepintiéndose de no haber tomado
algunas lecciones antes de su aventura por el rudimentario México. Alguno de
sus parientes, su tío tal vez, le había dicho que en San Miguel de Allende no
necesitaba hablar español, eso, supo después, si pasaba todas las mañanas
tratando de darle algo de color a sus pálidas piernas, como lo hacía su tío y
sus amigos gringos todos los días en la plaza principal, frente a la parroquia.
Pero su raquítico espíritu aventurero lo había empujado a explorar el famoso
tianguis de los martes, y ahí sí que le hizo falta un poco del lenguaje nativo.
Sí encontró a uno que otro paisano, pero de esos que los sesentas les llegaron
en los dosmiles y prefirió pasarlos por alto; interpérrito pidió una orden de
tacos de cecina enchilada, que ahora en el camión maldice, rogando al mismo
tiempo llegar sin más contratiempos al baño de su habitación.
El camión desciende por las calles empedradas del Bajío,
haciendo oscilar los cuerpos de los pasajeros, también oscilando sus
pensamientos. Las comadres, en su elemento, no paran la letanía hasta la
esquina donde bajan presurosas, no sin antes, al recorrer el pasillo del
camión, golpear con las bolsas, hombros y cabezas de quienes hasta ese entonces
las acompañaban. Tocando tierra firme se van a trote a la iglesia más cercana,
para alcanzar la misa que pronto empezará. Tranquilas entran por la gran puerta
de madera, sabiéndose ejemplares católicas, entrañables mexicanas.