Después de leer ese mail, en el que la organización de
exalumnos lo invitaba a una reunión que celebraba los 20 años de haberse
graduado de la preparatoria, se levantó del escritorio con una extraña
sensación - ni nostalgia, ni añoranza – y caminó hasta pararse frente al espejo
del baño. Se vio a los ojos. Ligeras arrugas ya surcaban sus párpados, en su
barba asomaba ya una que otra cana. No juzgó su apariencia como la de alguien a
quien el cansancio lo delata, o a quien las energías lo han abandonado. Pero era
innegable que los años habían marcado su rostro. Veinte años no es cualquier cosa. Mucho había
pasado en aquel lapso de tiempo. A la mente le llegaron algunos rostros de los
que habían sido sus compañeros en aquella temporada. Imaginó qué apariencia
podrían tener hoy en día. Se imaginó con ellos platicando las mismas pendejadas
que platicaban en aquel entonces, fumando cigarros como idiotas. ¡Qué fácil era
hacer las responsabilidades a un lado! ¡Qué afán el de creer que la
personalidad se podía moldear a conveniencia! Como coleccionando ademanes que
admiraba de personajes sacados de películas y libros de ficción, hasta volverse
un extraño collage que poco a poco era insostenible. Rio frente al espejo,
luego se quedó mirando nuevamente a los ojos, hasta ese punto en el que parece
que uno no reconoce su propia imagen.
Esa noche decidió irse a dormir temprano, y aunque le costó
conciliar el sueño, logro dormir como un tronco. Soñó que se encontraba con sus
excompañeros de la preparatoria, junto con algunos otros personajes de su pasado.
Era una fiesta amena y elegante en la que todos usaban extrañas máscaras, y a
pesar de ello, todo mundo se reconocía. Por la mañana, mientras se preparaba un
omelette de espinaca, trató de recordar
un poco más del sueño, sin lograr nada relevante. Meditó también en la
posibilidad de asistir a la fiesta de exalumnos. Habría que darse un tiempo en
la tarde para meterse al Facebook de aquellos y darse alguna idea de si valdría
la pena ir, pensó, dejando el plato sobre la tarja. Habría que darse un tiempo,
también, para lavar todos esos platos acumulados.
Horas más tarde prendió la computadora con la intención de
adelantarle al reportaje al que había sido encomendado, y no pudo resistirse a
poner a sonar alguna canción de antaño. Puso play a It’s a sin, y dejó que su mente lo llevara otra vez a la
adolescencia. Qué emocionante era aquello de convertirse en mayor de edad, puta
tontería. Lo agradable, sin duda, era enamorarse de cualquiera que te tomara de
la mano, que se dejara besar. Sin hablar de lo emocionante que eran los
encuentros sexuales, que aunque torpes y precipitados, formaban parte de los
episodios importantes de la época. Fantaseó un poco algún reencuentro sexual
con alguna de esas compañeras con las que había vivido aquello, aunque lo más probable
es que ahora estuvieran flácidas o casadas o ambas cosas. Posibilidades había
muchas, y arrojarse en ellas era pérdida de tiempo. Abrió Facebook y se puso a
mirar las fotos de los excompañeros hasta asquearse. Luego abrió su perfil,
pensando cómo podría ser juzgado si alguno o alguna de aquellas se encontraba
haciendo lo mismo. No podrían darse mucha idea, concluyó, ya que a diferencia
de los perfiles en Facebook que él estuvo viendo, el suyo no contenía gran cosa
en material fotográfico, ni mucho menos esa manera frenética de exhibir su
vida, con tanta pose, con tanta vanidad, como si en verdad la vida siempre
fuera una tierna putita al servicio de los caprichos materiales. Apagó el
monitor y salió de su habitación. Necesitaba un baño, una buena afeitada no le
caería mal. O tal vez sólo fue el ver a esos extraños tan artificialmente
pulcros. Cayó en cuenta que trabajando desde casa es fácil pasar los días
desaliñado. Caminó con eso en mente hasta llegar frente al espejo. En verdad
necesitaba arreglar esa barba. Un corte de pelo tampoco le caería mal, ni bajar
la panza, ni broncear las piernas, ni ese largo etcétera que se despliega
natural cuando uno se pone meticuloso. Sacó el rastrillo y la espuma para
afeitar y se puso manos a la obra. Iba a mitad de la tarea cuando un descuido
le hizo abrirse una cortada de tres centímetros. Culpa de ese estarse viendo
los ojos hasta no reconocerse, mientras los movimientos se hacen inconscientes.
O hasta reconocer que ese rostro no es lo que define a uno, pensó de pronto
petrificado frente al espejo, dejando que la sangre saliera lenta. Esa sangre.
Ese rostro. Ese cuerpo. Esos pensamientos. ¿Quién soy yo?¿Quiénes son los
otros?. El ardor de la cortada fue creciendo hasta hacerlo volver en sí.
“Volver en sí” - ¿A dónde me había ido, entonces? ¿Qué fue lo que tuve que
dejar para después volver? – Se miró en el espejo de nueva cuenta, pero ya no
se reconoció. Giró de manera violenta para darle la espalda a la imagen de
aquel extraño en el espejo y salió de casa casi a trote, consternado.
Deambuló cerca de tres horas tratando de desenredar ese
ovillo existencial en su cabeza. Agotado, caminando lento de regreso a casa,
por las calles donde la gente hacía sus compras con ese carácter cotidiano de
pronto todo le pareció absurdo. Alguien se le acercó para preguntarle si se
encontraba bien, pero él no lo escuchó, a pesar de que el extraño lo había
tomado del hombro para que lo viera de frente, y lo vió, pero no supo qué era
aquello que lo tocaba. Su mente estaba enfrascada sopesando algunas ideas. Tal
vez tenía que socializar más, posiblemente estaba sufriendo una crisis causa de
una larga temporada de aislamiento. La
fiesta de exalumnos en Guadalajara se
presentaba como un buen pretexto, factible, pues aquella ciudad estaba a pocas
horas de donde él vivía. Tal vez en esa fiesta podría nuevamente reconocerse,
encontrarse – ya no en el espejo – pero no, se dijo, era simple y vulgar morbo
el que lo invitaba a considerar la idea, tal vez bastaba con seguir caminando,
ir a la tienda y comprar algo que hiciera falta, como los demás lo hacían, ir
por algunos cigarros extras, por ejemplo. Caminar, a donde fuera, pero seguir
caminando.