jueves, 14 de julio de 2016

El básquet

Saltó y ganó el rebote ofensivo. Juagaba en segunda división de la liga municipal de la ciudad. 

La altura promedio del jugador de básquet en Estados Unidos tal vez sea un metro con noventa centímetros. En la zona bajío de México anda alrededor del uno setenta. Él media uno ochenta y cinco. Altura suficiente para ser el poste del equipo. 

Tras recuperar el rebote, tomó impulso debajo del aro. Brincó en diagonal ligeramente hacía el contrario que estaba detrás de él a su derecha. Por reacción, el defensivo intentó tapar la pelota en el aire. Él escondió en decimas de segundo el balón, generó el contacto. ¡Faul!, silbó el árbitro. Aún en el aire, volvió alzar el balón y lo soltó hacía el tablero. ¡Y cuenta!, gritó la banca.

Ritual de tiro libre: tres botes, medio giro, dedos sobre la línea del balón, inclinación ligera del cuerpo, respiración profunda y exhalación mientras libera el tiro.  El mismo método desde  primaria. 

Noventa y cinco kilogramos de peso, lejos de su mejor momento físico. Rodillera en cada pierna, faja para soportar la zona baja de la espalda. En la selección de básquet, durante la  prepa le decían aire. De manos pequeñas, nunca pudo clavar la pelota.  

Sin la habilidad de antes se motivaba en la defensa; empujones con el contrario más corpulento, ganar la posición en la pintura, bajar los rebotes. En su tiempo libre veía compilaciones en youtube de Dennis Rodman; el primer jugador realmente enfocado a la defensa. Había juegos que aunque tuviera la bandeja para encestar prefería pasarla, solo para que sus números reflejaran el tamaño de defensa que era, además del conocidísimo freak. 

Nueve de la noche en el deportivo el hoyo, un inmenso agujero a media avenida que dejó la explotación de un banco de arena.  El municipio en su infinito oportunismo político-social aprovechó para crear un deportivo de pésimas instalaciones,  mal iluminado con un acceso peligroso a media curva y dónde más de una violación ha ocurrido y no, precisamente, por dar tres pasos al levantar el drible colando hacía el tablero. 

Dos lámparas grandes alumbran deficientemente  la cancha (él cree que le da un toque nostálgico al lugar). Dependiendo dónde estés, atrapar un pase se vuelve una combinación de destreza  visual y reacción nuero-motora. Los árbitros desarrollan visión nocturna. Los reclamos son constantes por faules inexistentes o por faltas no marcadas.

Tiró la pelota esperando que cayera la jugada de tres puntos. La parábola se extiende en altura, porque el aro está ligeramente inclinado hacia arriba. No cayó el tiro libre. El equipo contrario recuperó el balón. ¡Tiempo fuera!

El partido se está acabando, van abajo nueve puntos y queda minuto y medio. No hay razón para pedir tiempo fuera, al menos que alguno lazara tan preciso como Curry -actual Most Valuable Player de la NBA- pero es parte del juego pedir todos los tiempos fuera que permite el reglamento. Discutir cómo va el juego, a quién hay que agarrar con marca personal, quién tira de tres, no perder el balón con pases torpes. ¿En qué momento generaron esa ventaja y por qué? Eso se quiere averiguar. Siempre hay quién reclama la última juagada; no metiste el tiro libre y ya llevas varios fallados, estaríamos con mejores posibilidades de ganar, ¡puta madre! Todos jugamos a ganar. A ganar algo.

Reinicia el juego, el equipo defiende en personal por primera vez en el partido. ¿Quién marca a quien? Se confunden y dejan sólo a un jugador, encesta la canasta. Al ataque, el balón se pierde por un pase apresurado en un corte hacía la pintura, caen otros dos puntos en contragolpe. Ya con el tiempo encima forzan un tiro de tres, fallan y termina el juego. 

Saludo deportivo de jugadores y árbitros. Todo se olvida ahí; mentadas de madre, ganas de pelea, codazos y todo tipo de soberbia.

Cooperación para pagar tres árbitros, ciento ochenta pesos por equipo. 

De regreso a casa, cansado y adolorido toma agua y recuerda las jugadas. Con dificultad se quita tenis, calcetines, rodilleras y faja. Saca el ungüento del cajón y se lo unta en pies, rodillas, hombros y espalda. 

Ese deportivo oscuro, esa liga mediocre,  ese árbitro indeciso y mal pagado, logran un sentimiento de pertenencia. Se siente bien.