El último día en su casa fue como el resto de los
días con ella: perfecto. Primero despertar tras una noche en que el sueño
seguramente fue más que bueno, luego abrir los párpados tras las llamadas
sutiles de caricias alrededor del sexo. A Victoria le gustaba despertarme de
esa manera, y ese último día no fue la excepción. Hacer el amor a primera hora
mientras el olor del café preparándose se mezclaba con el dulce aroma de su
cuerpo, tiene comparación con pocas cosas en la vida, después, una buena
sobrecama: me hablaba de temas aleatorios, del alma, de la conciencia, del
poder de ciertas gemas preciosas; con una cadencia casual, pero con la emoción
de quien habla de un lugar extraño al que pronto irá para no volver.
Luego se levantaba a preparar el desayuno. Y yo
la veía ir y venir con esa desnudez de porcelana laqueada en mate, mientras me
dejaba derramado en la cama pensando en mi posición dentro del universo.
Las comidas
siempre fueron generosas: Omellete de champiñón, queso de cabra,
jitomate deshidratado, arúgula, frijoles refritos acompañados de guarnición de
papas y camote rostizados al romero, jugo de naranja recién hecho, gelatina de queso en salsa de fresa
como postre y para acompañar un delicioso café, mezcla de los mejores granos de
Veracruz, Oaxaca y Chiapas. Me contó que había tomado un curso de gastronomía
en Suiza, en el que desertó a la mitad. Dijo que el país le aburría, que lo
mejor que ahí hacía era esquiar y comer chocolates.
Luego hablamos
de México, de los colores, de la magia, como si no existiera corrupción y
asesinatos. Y oímos discos con música de Moncayo y La bikina, luego los Andes y
el cóndor pasa, son cubano, el buen Coltrane y Bebel Gilberto, recorrimos todo
el continente. Nos entregábamos al placer de escuchar la música mimetizándonos
con el entorno, porque, concluimos, había que olvidarse de la materia del
cuerpo para que la percepción sonora fuese directa. Luego Victoria se levantaba
de pronto, sacaba una caja de caoba de uno de los cajones del mueble de la
sala, donde guardaba generosa cantidad de marihuana y liaba uno grande para la
ocasión.
Factores
paradisiacos ejercían su fuerza para generar una burbuja tornasol que nos
separaba de las desgracias del mundo. Sin deudas kármicas nos sentíamos, el
mundo y toda su bondad se abría ante nosotros trazando caminos de distintos
colores donde el placer estaba garantizado al final de cada uno de ellos. Tumbados
entre la duela y el tapete turco que un amante le regaló años atrás, pasábamos
horas bajo una atmósfera somnífera y de claridad mental, callados, inmersos en fantasías
que confeccionábamos para nuestro futuro, felices.
Miraba sus
ojos con el deliberado deseo de decirle telepáticamente lo bien que me sentía
con ella, y ella sonreía, como si de verdad supiera eso antes del habla.
Volvíamos a hacer el amor, tres, cuatro veces, como celebrando todo lo que se
pudiese, ese encuentro fortuito del que habíamos sido víctimas.
En la
deliciosa fatiga del postorgasmo, Victoria descorchaba un vino –regalos seguros de antaños amantes- Rioja, de buen cuerpo y mejor sabor. Brindamos por la causalidad
en la que ambos creíamos, por ese extraño mecanismo del universo donde las
posibilidades más inverosímiles eran tan reales como la gravedad, por las
deidades que juegan con el destino de los mortales, por la intención del hombre
y la fe de los bienaventurados.
El sueño terminó
cuando nos despedimos en el aeropuerto. Mi vuelo salía a las 9:00, y a las 8:50
estuve tentado en ignorarlo todo y regresar a ella. Pero imposible olvidar las responsabilidades que le dan sustento a uno. Nos despedimos con cariño
real, como dos viejos amigos, y quedamos que el próximo año, en el verano, nos
volveríamos a encontrar, tal y como nos habíamos encontrado en esa dichosa
ocasión.
Y el año pasó
presto, sin que pasara un día en que no estuviera impaciente de este momento: trepado ya en el avión con destino a la Ciudad de
México, que es donde Victoria radica, ansioso de ver sus ojos de agua de
manantial y lamer nuevamente esa mirada con mis sedientas pupilas.
Vuelo ahora
hacia donde hermosos recuerdos me llaman. El nerviosismo del reencuentro se
hace presente, parece brotar desde esos toboganes de luz que forman el sol y las
nubes que contemplo en las alturas. Floto en la distancia que se recorta. Ícaro
enamorado con alas de metal sobre la urbe que se dibuja entre el humo y el concreto.
Abro el
maletín que llevo en brazos y me cercioro que la botella de Rioja esté conmigo.
Ya la imagino agradeciendo el detalle, diciendo: Nibelungo hermoso, no debiste.
Nibelungo. Nunca supe porque me llamaba de esa manera. Desde la primera vez que
cruzamos palabra, no me llamó de otra forma. Creo que nunca mencioné mi nombre,
tal vez en su acta ella no fuera Victoria.
¿Qué hacer en
cuanto llegue?, me gustaría hacer tantas cosas. Un café de los mejores granos
del país sería estupendo para empezar una de esas buenas conversaciones, y
hablar sobre esos temas que la hacen reverberar luz de la boca. Después ir al cine o al
teatro y simular ese caballeresco ritual de pagar los boletos, porque de
antemano sé que no me dejará gastar ni un centavo estando con ella. Aunque lo más seguro es que quiera llevarme
directo a su casa, como aquel primer día, recuerdo que me dijo: Nibelungo, has
de estar cansado, tomemos una ducha juntos y después paseamos a ver dónde. Y tomamos
una ducha e hicimos el amor bajo el agua tibia de la regadera.
Era fácil
platicar con ella: de los toltecas, los mayas y sus calendarios, la India y sus
ancestrales dioses. Victoria es de esas personas abiertas como el paisaje de
una llanura de topografía perfecta, donde se puede andar con facilidad. Valiosa
por su gracia de compartir su percepción del mundo, un mundo donde la magia bulle
bajo el concreto de las ciudades.
Excéntrica
desde la raíz, parecía manar un aura arcoíris. Debió haber nacido en un
solsticio con alineamientos proféticos o una noche en que la lluvia de
estrellas cubría todo el mapa celeste. Siempre con una sonrisa, encontrando en
todo detalle el pretexto para compartir un punto de vista y luego reír a
carcajadas demenciales.
El avión desciende
y mi impaciencia aumenta. Hago los trámites necesarios de pasaporte y tal. Voy
por mis maletas y espero en la sala de llegadas internacionales a ver su
hermosa sonrisa dándome la bienvenida. El café antes pensado se me antoja
sobremanera, tendré que convencerla de ir por uno antes de llegar a su casa.
Prendo un cigarro en la espera. A la tercera calada la diviso, hermosa como
hace un año, el cabello un poco más largo y ese andar de paso seguro que la caracteriza.
Ella aún no me ve, pero es evidente que me busca entre la multitud. Luego algo
extraño sucede: la veo acelerar el paso hacia un sujeto que recién llega de un
vuelo que me importa un carajo, le sonríe, lo abraza, lo besa. El sujeto parece
desconcertado. La escucho decir, hola Nibelungo, te he estado esperando. El
tipo no sabe qué decir, es obvio que no la conoce, pero la besa con ganas,
justo como hace un año empezó todo entre Victoria y yo. Al fondo, una máquina
dispensadora de Nescafé titila como agonizando, camino hacia ella mientras
hurgo en mis bolsillos. Por lo menos encuentro monedas justas para una taza de
esa porquería.