martes, 9 de septiembre de 2014

La felicidad

Entró al cajero, insertó la tarjeta, tecleo el nip, cuenta de ahorros, saldo, un millón y medio de pesos. La felicidad es ver algún número y que éste te llene el espíritu, más allá de la más profunda meditación, más allá del orgasmo más largo en la historia de la humanidad (seguramente conseguido por alguna estrella porno). Él, no sintió la nada conjugando su ser con todo a su alrededor, como lo haría un monje tibetano. Ni el gran escalofrío penetrante al tiempo que eyacula y le susurra a su mujer que él es Dios, satisfaciendo por completo a aquella que en ese momento ama, como el perfecto amante.  ¡No! vio un número en el cajero y simplemente sintió la felicidad. No sé sabe qué tipo de felicidad, pero se imaginó gastándolo con mujeres hermosas pagadas para hacerle compañía y mucho vino.

 El teporocho que ama a su mujer, inhala mona, bebe, debajo de algún puente en alguna urbe tan inmensa que nadie se pregunta nada acerca de nadie, solamente de uno mismo.  Y la pregunta más recurrente en la mente de todas las personas así como en la mente del aquel teporocho es cómo ganar lana; limpiando parabrisas, vendiendo falluca, empleado en algún supermercado, en algún comercio, en algún corporativo, vendiendo coches, robando coches, siendo pimp. Vendiendo tu cuerpo, consiguiendo mona. Elaborando estrategias para hacerse de una lana. No importa cómo. Eso es la felicidad. Tal vez luego la puedan gastar contratando chicas y bebiendo vino y así ser, como aquellos que mueven al país. Felices.


Hablar de cómo consiguió ese número en el cajero, no tiene importancia. Lo consiguió como cualquier otra persona que está en busca de la genuina felicidad de hoy en día, pasando por encima de muchas otras personas, haciendo algún tipo de delito tipificado o no tipificado, prostituyéndose, asesinando, no se sabe, pero eso sí, es tan feliz que le importa un carajo.