Entró al cajero, insertó la tarjeta, tecleo el nip, cuenta
de ahorros, saldo, un millón y medio de pesos. La felicidad es ver algún número
y que éste te llene el espíritu, más allá de la más profunda meditación, más
allá del orgasmo más largo en la historia de la humanidad (seguramente conseguido
por alguna estrella porno). Él, no sintió la nada conjugando su ser con todo a
su alrededor, como lo haría un monje tibetano. Ni el gran escalofrío penetrante
al tiempo que eyacula y le susurra a su mujer que él es Dios, satisfaciendo por
completo a aquella que en ese momento ama, como el perfecto amante. ¡No! vio un número en el cajero y simplemente
sintió la felicidad. No sé sabe qué tipo de felicidad, pero se imaginó
gastándolo con mujeres hermosas pagadas para hacerle compañía y mucho vino.
El teporocho que ama a
su mujer, inhala mona, bebe, debajo de algún puente en alguna urbe tan inmensa
que nadie se pregunta nada acerca de nadie, solamente de uno mismo. Y la pregunta más recurrente en la mente de
todas las personas así como en la mente del aquel teporocho es cómo ganar lana;
limpiando parabrisas, vendiendo falluca, empleado en algún supermercado, en
algún comercio, en algún corporativo, vendiendo coches, robando coches, siendo
pimp. Vendiendo tu cuerpo, consiguiendo mona. Elaborando estrategias para
hacerse de una lana. No importa cómo. Eso es la felicidad. Tal vez luego la
puedan gastar contratando chicas y bebiendo vino y así ser, como aquellos que
mueven al país. Felices.
Hablar de cómo consiguió ese número en el cajero, no tiene
importancia. Lo consiguió como cualquier otra persona que está en busca de la
genuina felicidad de hoy en día, pasando por encima de muchas otras personas,
haciendo algún tipo de delito tipificado o no tipificado, prostituyéndose, asesinando,
no se sabe, pero eso sí, es tan feliz que le importa un carajo.
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