jueves, 6 de noviembre de 2014

BABES


No recuerdo bien ¿Cómo se llamaba? Al… Alm (¿?)… Alicia ¡Cierto! Para qué me hago pendejo si aún la recuerdo perfectamente: su nombre, su cara, su pelo, su ropa, su olor…

La memoria me lleva a 1995: tercero de secundaria, comenzaba el ciclo escolar. Verano y las calles olían a humedad y lluvia. Alicia y yo ya éramos amigos desde hacía año y medio. Nos atrajo la afinidad, la música, la aversión hacia lo convencional. La atracción sólo se limitaba a la amistad y para mi infortunio yo estaba encabronadamente enamorado de ella desde hacía varios meses (aunque honestamente, desde la primera vez que la vi llegar al salón, dejar su mochila, sacar sus lápices, acomodarse el cabello… ya me estaba enamorando).

A pesar de mis verdaderos sentimientos, no me atrevía a decirle nada, externar mis emociones y declarar a voz abierta lo loco que estaba por ella. Yo me caracterizaba por ser tímido y antisocial más todo el cóctel psicológico que eso conlleva. Estaba consciente que Alicia tenía como pendejos a no pocos compañeros del salón y de la escuela. Su cara no tenía error alguno, parecía diseñada por una puta computadora que no tuviera otro programa más que el de diseñar chicas perfectas. Me fascinaba el arete de su nariz, las pecas en sus cachetes, sus mechones verde punketo mezclados con su pelo castaño claro, sus piercings rodeándole las orejas. Yo, físicamente, era su antítesis. Me conformaba con ser su amigo. A regañadientes me conformaba con ser su amigo.  

Mi fantasía era poderosa. Cuando tenía tiempo y oportunidad de ocio, creaba en mi mente historias relacionadas con el amor mutuo y bien correspondido: Alicia y yo tomados de la mano recorriendo las calles de la ciudad, besándonos tiernamente bajo la lluvia, ella pidiéndome que no la dejara, yo pateándole el culo al gandalla (y al carita) del salón, yo defendiéndola, yo abrazándola entre la multitud, yo amándola. Para recrear mejor estas escenas me dejaba viajar con los Smiths y Radiohead. Alicia era Santa, Pura, Diosa. Mis fantasías podían generarme alguna erección involuntaria, mas yo no quería relacionarla con el erotismo ni el sexo, para eso estaba su hermana mayor: Gaby. Ella sí era la dueña de mis chaquetas, de mis profundos pensamientos perversos, pornográficos. Y como lo mencioné antes, además de mi poderosa fantasía, Gaby tenía unas tetas, una cintura, un culo, una mirada… no necesitaba de revistas ni nada por el estilo. Así de cachonda estaba Gaby.

Alicia era mi única amiga; de hecho era la única persona con la que me comunicaba humanamente. Era mi refugio y yo el suyo. Solía ir mucho a su casa después de la escuela. Casi nunca estaban sus papás. Gaby llegaba más tarde de la prepa… acompañada.

Alicia y yo nos tumbábamos en su cama a fumar y escuchar música. Se desahogaba de sus papás y de lo ausentes que eran, decía que eran unos pendejos. A veces veíamos videos en MTV; nos fascinaban los de Soundgarden, Tool, Smashing Pumpkings. Poníamos Pulp a todo volumen, hasta que llegaba Gaby y nos pedía que no hiciéramos tanto puto escándalo. Yo flotaba entre mares de serotonina y adrenalina hormonal de adolescente. Esa casa era el paraíso. Las visitas no sólo me llenaban el alma con el encanto de Alicia, estaba también la presencia sexosa de Gaby.

Había veces que Alicia me dejaba solo por algunos minutos en su recámara: atendía llamadas, iba al baño, qué sé yo. Mientras, me quedaba en silencio, estático, fascinado escuchando como del cuarto de Gaby se escapaban los gemidos de ella al coger con el tipo, o los tipos, con los que llegaba por la tarde después de la escuela.

Esto me daba material. Al llegar a mi casa corría al baño a masturbarme.

Una tarde calurosa, de esas que sientes que todo está permeado de sudor, fui como de costumbre a visitar a Alicia. A pesar de que ella me había dicho que iba a estar ocupada haciendo otras cosas, quise caer sin permiso. Se me hacía raro, siempre estaba disponible para mí. Primera señal fuera de lo común: la puerta de la entrada de su casa estaba abierta. Entré sigiloso, no quería que Gaby se encabronara conmigo. Subí las escaleras con la misma precaución, doblé por el pasillo y oí unos gemidos… no eran los de Gaby. Me tembló el corazón al acercarme a la puerta del cuarto de Alicia, caminé muy lentamente, las manos me sudaban como nunca, descargas de adrenalina pura recorrían mis nervios… Exploté por dentro en total silencio al ver la puerta abierta y encontrar a Alicia en compañía del galancito del salón: Los dos se comían a besos. Alicia metía mano en su pantalón y él le exprimía la teta con una mano y metía la otra bajo su falda. Los mechones castaño claro con verde punketo de Alicia se revolvían en el cuello del cabroncete este. La mano de Alicia se agitaba frenéticamente dentro del pantalón del galancito del salón. La falda del uniforme de Alicia  se subía y dejaba mostrar las manos ansiosas de su compañero en busca de su vagina jugosa. Fajaban con tal calentura, con tal entrega, con tal talento, que me quedé mirando por minutos enteros sin ser detectado por ellos o por alguien más. Yo estaba hecho de drogas biológicas y fluidos psicotrópicos naturales en implosión constante. No tenía mente. Mi voluntad estaba atrapada en la contemplación de esa escena sexual. Después, como látigo, corrí y me largué de ahí.  

Llegué a mi casa mareado y con la garganta retorcida. No había parpadeado, sentía que tenía los ojos del tamaño de media cara; aún poseía las imágenes frescas –vivas- en la cabeza repitiéndose una y otra vez, una y otra vez, una y otra vez… Fui a mi cuarto, me senté en la cama y las lágrimas brotaron con naturalidad y libertad. No estaba llorando como comúnmente se llora cuando se tiene el corazón roto. Era otra clase de llanto. Era una mezcla de morbo, dolor y otras emociones indescifrables.


Desabroché mi pantalón, bajé el zipper, comencé a jalármela… ya no pensé más en Gaby.

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