El patriotismo de la militancia política es tan parecido al
sentimiento de los conquistadores de América. Hacemos nuestra chingada gana en
nombre de la cruz y la santa inquisición. Desaparezcan a los indígenas, violen
a las mujeres, asesínenlas después, que no se mezcle nuestra sangre y enseñemos
a nuestros hijos que somos los escogidos para mandar en esta tierra. Hagámonos tan ricos como podamos, pasando por
encima de todo lo que tiene verdadero valor; cultura, arte, ritos y fiestas. En
busca del poder por el poder. Desde los que recogen las migajas dentro de esos
partidos políticos hasta los que se empoderan de puestos públicos, como si representaran
al Dios del partido y la santa ley. Intocables. Cultivando el desprecio y el
ninguneo. Con la más profunda
inmoralidad, sin ningún respeto por el humano, el hermano o cualquier tipo de
parentesco. Citando a Da Jandra “Como están las cosas es claro que los partidos
políticos son los mayores enemigos de la democracia” Y el rio de sangre que
nace en el manantial del modelo neoliberal alimentado del más voraz consumismo,
teñido del rojo de la sangre del mexicano indígena arrinconado, de mujeres ultrajadas.
Capaces de la más cruel tortura, rememorando los cientos de miles de
sacrificios aztecas, los cientos de miles de asesinatos cometidos por la espada
conquistadora, los cientos de miles de muertos a favor de una independencia
burguesa, los cientos de miles de muertos por la guerra de reforma que trae a
un indígena al poder, el cual olvida sus raíces. Los cientos de miles de
muertos por una revolución que acentúa la deslealtad de los grandes
involucrados en busca del poder. Y esos cientos de miles de muertos, siempre la
gran mayoría indígenas. Y la espiral kármica continúa. “El poder: es la gran
prostituta que todos desean y que nadie respeta”
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