Abrió el cajón de los cubiertos y agarró el cuchillo lleno
de ansía, sabiendo lo filoso que es. Cerró los ojos fuertemente esperando que
el ansia desapareciera, no lo hizo. Con
la mano temblorosa y sin mirar el cuchillo cortó el limón y aventó el cuchillo
al fregadero, cerró los ojos fuertemente y se los rascó con los dedos de la mano. Puta madre, se dijo así mismo. Su
mente confundida, pero excitada por aquella ansia que no se explicaba. Su
cuerpo débil, tembloroso y con dolores. Sabía muy bien que todo lo que estaba
viviendo era gracias a la cantidad de alcohol ingerida la noche anterior. En su
mente la portada de Un Chein Andalou.
Puta madre, hizo
cuentas. Llevo al menos catorce horas sin tomar. En algún lugar había leído que
lo peor de la cruda viene justamente a las catorce horas. Aunque también había
leído que no, que puede ser a los dos o tres días de haber bebido, pero qué
cantidades de alcohol y por cuánto tiempo hay que beber para que te venga un
rebote a los dos, tres días. La fiebre blanca, se dijo así mismo, ¿podré yo
llegar a esos grados de alucín? El ansia con los filos y sus ojos no cesaban ni
viendo la televisión ni tomando té ni siquiera en total oscuridad con los ojos cerrados, ¡qué
desesperación! Todo esto, por cuánto, se preguntó. Por alrededor de doce horas
de fiesta continua; apenas había fumado
algo de marihuana durante esas horas de fiesta, el contacto que tuvo con alguna
mujer no contaba como sexo, la plática tuvo sus momentos pero decayó. Puro
alcohol sin drogas fuertes ni blandas ni sexo.
Y lo peor es que dentro de él, a alguien le daba gracia la situación y
ese alguien sabía que no era ni la primera ni la última vez que pasaría por
algo como eso, tan cotidiano se había vuelto.
La cruda acida, se decía a sí mismo. Estaba seguro que este
tipo de crudas habían empezado después de tomar ácido durante algún amanecer,
borracho en la adolescencia. Alguna ventana dentro de su psique se había
abierto y nunca se cerraría. Regresó por su mezcla de doritos con limón y mucha
salsa valentina negra, eso era algo que podía disfrutar inclusive en estos
momentos y un vaso de coca-cola. Lo estimulaba tanto aquella mezcla química de
picor con masa que pensó en prender un cigarro. No lo hizo.
Sabía que esa noche no dormiría ni un poco y que sudaría
durante toda la noche. ¿Masturbarse? No tenía imaginación para hacerlo. ¿Leer?
Ni pensarlo. Alguna película en la televisión y arrullarse lo mejor que pudiera
y tal vez poner otra y otra más y esperar el amanecer y empezar un lunes de esa
manera. Puta madre, solo de pensarlo. Pero, te encanta, se dijo a sí mismo en
tono regañón.
Tirado en aquella cama, con la televisión encendida viendo
alguna película de Miyazaki. Sudando la cruda. Imaginándose sus ojos siendo
cortados por el destino, hasta concebir el sueño, como si estuviera dentro de
alguna película donde la vida, la muerte, el sueño y la alucinación se mezclan
tan bien como los doritos, el limón y la salsa valentina.
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