La yurta en la que el
muchacho se encontraba tenía más de seis metros de altura y alrededor de diez
de diámetro. En el centro de ésta, desde la primera noche, había un abedul que,
despojado de sus ramas y con nueve cortes horizontales, formaba una escalera
que llegaba hasta el orificio central del techo, por donde se podía ver que escapaba
el humo de la fogata frente a la cual el chamán ahumaba su tamboril por tercera
vez. Todo olía a hierbas, en una
espesura que colmaba dulcemente los pulmones del neófito, llevándolo a un
estado de relajación, sí, pero también de una atención tal que parecía que, a
pesar de aquel aire, se había olvidado de parpadear.
En la segunda noche el
chamán había ordenado que le trajeran un caballo blanco, que hermoso y sereno
había entrado a la yurta, con una parsimonia que había fascinado al muchacho.
Muerto ahora frente a sus pies, aquel majestuoso animal había cobrado una belleza
diferente, tal vez era, pensó el muchacho, el digno final al que se le había
encausado, sobre todo para él, pues fue él quien había solicitado que se
realizara con urgencia el ceremonial.
Muerto el caballo,
consagrado el tamboril e inmersos completamente en la tercer noche, los cantos
a Merkyut, el pájaro del cielo, se empezaron a elevar para llamarlo. Las voces
de los 13 presentes en la yurta – el séquito del chamán - creaban un efecto
hipnótico en la mente del neófito. Cantos ancestrales, melodías míticas de una cultura casi olvidada, oraciones mágicas que abrirían las puertas del cielo para que el chamán
extrajera de él, el conocimiento que el muchacho necesitaba para salvar la vida
de su madre, víctima de una enfermedad desconocida.
La urgencia de ello se
apoderó de pronto de su mente, arrebatándole la calma y desatando una ansiedad
a la que, parecía, lo obligaba la exclusiva contemplación de los hechos. Era la
vida de su madre la que estaba en juego, ¿Qué no lo entendían estos extraños?
¿Tenían que pasar forzosamente tres noches? Se sintió mareado, le parecieron
absurdos los cantos que lo rodeaban, el aire se volvió más y más espeso, el
cadáver de aquel animal inerte a sus pies, le pareció repugnante. Estaba a
punto de desvanecerse, cuando vio que del orificio central del techo, la
silueta de una enorme ave aparecía. Era Merkyut, descendiendo en círculos hasta
posarse en el hombro derecho del sacerdote. Era el pájaro del cielo, que
aparecía para renovarle las fuerzas y la esperanza y la fe y la alegría.
El muchacho se unió
entonces a los cantos, que parecieron aumentar su volumen conforme el chamán
intensificaba el trance por el cual recibía los poderes de Merkyut: estaba
listo para la ascensión. De pronto firme, con una inmovilidad tal que el
muchacho pensó que su mente, también en trance, le había congelado la realidad,
el sacerdote de la tribu contempló, durante varios minutos el abedul en el
centro de la yurta. Luego lentamente pero con decisión, caminó hacia él, y justo
cuando sus manos se posaron sobre el tronco del árbol, al muchacho le pareció
que una onda de energía brotaba del centro de éste, golpeando contra su pecho,
golpeando todo lo que había en el valle y silenciando el canto de los insectos. Fue
entonces que el chamán empezó a trepar por las muescas del árbol ceremonial,
simbolizando para todos, la penetración en los nueve cielos, y describiendo
para su auditorio, paisajes del cosmos al que sólo algunos elegidos tienen
acceso. El muchacho lo sabía, y boquiabierto, contemplaba al heroico chamán
revelando un conocimiento que de otra manera al él no hubiera llegado nunca.
En el sexto escalón se
veneró a la luna, en el séptimo al sol, en el octavo a las estrellas fijas, y
finalmente en el noveno el chamán se detuvo en silencio para prosternarse ante Bai-Ulgen, el dios supremo, quien
conmovido por los cantos y el sacrificio, reveló a la mente del sacerdote, el
conocimiento por el que fue invocado.
Desde el punto más alto de la yurta, el
chamán recitó al muchacho, con una voz que no era la suya, los ingredientes
para una infusión que curaría a su madre, antes de desplomarse, extenuado, en
el suelo.
Seis pieles de oso y
un collar con cuentas doradas dejó el muchacho a los pies del chamán, atendido
ya por su séquito, y echó a correr a donde sabía, hallaría los ingredientes. Al
séptimo paso que dio, escuchó la voz del chamán en su mente: date prisa, que
Bai-Ulgen está llamando el alma de tu madre. Un horrible presagio recorrió como
hielo su espalda, haciéndolo acelerar el paso, secarse las lágrimas y desear que
no fuera demasiado tarde.
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