Regresamos al hotel donde se hospedaba ella y sus
papás. Quince de septiembre, día del
grito. Borrachos, dieciocho años, con las hormonas rebotando en todo el cuerpo. Decidimos no ir al cuarto de sus papás y en
lugar de eso; meternos al baño de mujeres de la recepción. Excitado, manoseándola
por todas partes, besándola, lamiéndola.
Acabamos en el suelo, desprendiéndonos de nuestros pantalones a punto de la
penetración. Entra alguien al baño, son unos tacones, los podemos ver por
debajo del privado al que nos habíamos metido. Se detiene justo en nuestra puerta y toca. Pronuncia
el nombre de ella, era su mamá. Ya voy, contesta ella. Nos incorporamos
nerviosos y nos acomodamos lo mejor que pudimos la ropa, abrimos la puerta. ¡Hay un hombre en el baño
de mujeres! gritó la mamá, en varias ocasiones. Salí a paso veloz del baño y
del hotel. Ella me siguió, tomamos un taxi y nos fuimos de ahí. ¡Vaya día del
grito! dijo ella, y reímos.
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