martes, 25 de octubre de 2016

El nuevo banquete (de El Anticurso)

Nadie la amamanta, pero la lloran como un bebé que nació muerto. Un sinfín de tratados acolchan su camita, por sonajas y chupones tiene loas y citas a granel; todos le hablan lisonjeras palabrejas y si llora le hacen cosquillas; le tejieron una cobija de promesas fugaces: serás la vita nuova antes de la vita nuova. Antes de todo. Juraron y perjuraron que lucharían por él como si se tratase de algo precioso. Lo mecen a ratos y si no se está le dan sus barbitúricos o su ritalín o su te de ajenjo. Lo que quiera el chamaco. En su bautismo estuvieron reunidos todos los padrinos y los orgullosos abuelos, de los padres nada se supo y fueron invitados hasta sus bisnietos no natos. ¡Qué farsa!
¿Qué es entonces, qué no es? Cuál fue su época. Ésta, seguro que no, por mi vida que no. La vieron gatear por las pestilentes calles de Roma, cuando el sol doraba sus blancas canteras y algunos entogados creyeron fundarla. Los dioses mismos de los lobeznos la acogieron con entusiasmo e intentaron instrumentarla, pero no iba con su estilo: los dioses no tienen padre ni tienen futuro, cómo pedirles tanto. Ya tiene nombre este vástago de las reflexiones pero no se anima a andar. ¡Qué burla! Cómo va andar si nadie lo cuida. Si nadie lo mima. Lo han dejado solo. Lo trajeron al mundo y lo dejaron morir de hambre, nadie les dijo que si el niño no hablaba era porque no había sido amado.
Pero existe. Es. En una forma compleja y desconcertante; toquémosla y regocijémonos de no poder tocarla, gocémonos con su aroma a libro viejo y unámonos en una orgía de lamentos, y ante su ausencia bastémonos con las manchas de su rostro en la tela. Sólo existe en antagonismo de algo más. Es como la partícula indivisible o el fin último de la existencia que se aparecen en mi necio sueño: corro para alcanzarla pero nunca llega, ¡un clásico! Y le grito ‘te necesito’. Todos hemos soñado con esto. La unificación humana, la vuelta del nómada, las estepas interminables, las ciudades cubiertas de cal, los bosques, los ríos. Hasta que un hijo de puta nos despierta.
En la mesa del banquete nos espera un menú deliciosamente alienante, repleto de palabritas rimbombantes y hip hop experimental: metametodología para el entrenamiento de la mente universal. Curación chácrica, energética, simbólica, patafisicoparipatética, logoterapéutica, holísticoespiralidósica, maslówdica y espiritual. Perdona a tu clan, a Eva y Adán y a la cabrona de Lilith. “Déjate de historias y plantéate la experienciación de cada segundo con una visión, misión, objetivos a corto, mediano, tres cuartos, largo, sempiterno, cabalístico, y reencarnatorio plazos”. Lo que hay que ver… Sólo son palabrillas. Puedo sentir cómo nos animan esos farsantes. Puedo verlos a todos sonreír y sentirse orgullosos de sus pupilos: uno me arrebata su mejor película y me susurra al oído que corte un pedazo de mi corbata a las 3 de la tarde, la moje en miel de pájaro dodo y se lo entregue a mi padre. Ya me atrapó, confío en su sabiduría y me entrego totalmente; confisca mi cartera mientras me sonríe.

Todos están dopados, alegres, optimistas. Todos armonizan en una polifonía magistral. Ya nadie desentona. Han encontrado su lugar en mundo. Yo me acuerdo del pequeño, lo escucho llorar en su habitación, busco mi cartera para comprarle su fórmula. ¿Quién cuida de él? Todos lo abandonaron. Ya casi no recuerdo su nombre y a punto de perder la cordura un viejo poeta del banquete pregunta: “¿Y dónde queda la ética?”. Me acuerdo entonces de su nombre.

miércoles, 5 de octubre de 2016

EXPELIENDO (improvisación contra la gripe)

El problema empezó porque ayer tomé y no debí haber tomado… el mezcal ese estaba muy bueno como para dejarlo correr bajo gargantas ajenas. Y luego, pues fumé y no debí haber fumado, ni dejar que los demás fumaran. Como que me quiere dar gripa, culeros, ¿no ven? debí haberles dicho. Pero fumé con ellos, y tomé mezcal con ellos. Y la pasamos bien. Algo diametralmente opuesto a lo de hoy. Hoy a cada estornudo puedo sentir algunos filamentos – como alambres de púas -  en mi interior, corriendo de mi garganta al pecho y de ahí a las extremidades, tensándose y como congelándose durante ese lapso de tiempo en el que vuelvo a coger otra bocanada de aire, rogando no dar ese otro estornudo que siempre me ha hecho pensar que éstos no pueden ser impares. El aire, además, ya no huele bien, ya denso y contaminado en mi habitación, un miasma nauseabundo que me hace sentir inmerso en un pantano cubierto de ocre neblina. Y ahí voy yo, camino al baño al ritmo de un ser antediluviano con tobillos de goma, por otro rollo de papel higiénico. Casi puedo jurar que soy un molusco – hasta volteo sobre mi hombro para ver si no he dejado una estela de baba -, ente invertebrado que repta sólo por voluntad de extraer de una vez por todas, todos esos mocos que no lo dejan respirar en puta paz. Sin ánimo, realmente, ni de mentar madres. Emocionalmente resignado, con ganas de conciliar el sueño y de que todo pase como tenga que pasar, que el virus haga lo suyo, toma de mí lo que necesites, maldito, y abandona mi cuerpo moribundo, yo estaré aquí dormido, refugiado en un mundo paralelo, en un mundo saludable en el que la gente puede beber y fumar tranquilamente y sin consecuencias. Lo voy logrando, un paisaje que promete ser bueno empieza a dibujarse entre las luminosidades proyectadas bajo los párpados, algo que parece ser un bosque con un lago cristalino, nada mal, aunque me cuesta empezar a delinear los contornos de los árboles y de las rocas y de…eso, que aparece a la orilla del lago y que se desplaza con suavidad, que se desliza hacia el agua, que empieza a sumergirse en ella. Una vez su totalidad está cubierta por el lago me doy cuenta que soy yo, por el deplorable aspecto que llevo y porque los sonidos llegan a mis oídos como sólo bajo el agua llegan. El sueño es perturbado por ruidos desde la ventana. Despierto peor que hace unos minutos, con las sábanas revueltas entre las piernas y con algo de sudor en la piel. Estoy seguro de tener fiebre. El ruido viene de casa del vecino, el hijo de puta va a tener after, tan sanito el ojete. Ya empiezo a escuchar su música y sus risas, todo como bajo el agua, todo. Me levanto y empiezo a caminar en círculos pensando en tomar algo que me ayude a conciliar el sueño, a pesar de la gripe, a pesar del after del vecino. A la mente me llegan, como un eco difuso, todas las recomendaciones de aquellos a los que les brota el médico interno cuando uno confiesa sus dolencias físicas. Tómate un té de cebolla y ajo, un shot de limón en ayunas todas las mañanas, evita los lácteos y los azúcares, un día una doñita me dijo que asara medio limón y que lo frotara contra la parte interna de mi codo, así las cosas. Uno toma algún consejo, se desecha otro… Lo que sí ya está del otro lado son estos weyes nihilistas espirituloides: la enfermedad no existe, es un producto de tu culpa. Ya los imagino escondiéndose de la mirada mortal en plena fiebre, para luego decir que estuvieron de gira dando algunos cursos milagrosos, que cómo se va a enfermar si eso está la mente. Mis huevos. Dando vueltas se me ocurre sentarme a escribir, que es lo que mejor sé hacer cuando me siento mal, y de pronto voy sintiendo que conforme las letras se van uniendo en este texto, los síntomas van dejando de agobiarme, como si entre caracteres se fuese yendo la gripe que hace minutos me atosigaba con el detalle y la gravedad que he dicho unas cuantas líneas arriba. Sólo espero, con la vehemencia que tiene quien conoce el padecimiento, que aquel que termine de leer este texto, no vaya a contraer lo que de mi ha despojado.