El problema empezó porque ayer tomé y no debí haber
tomado… el mezcal ese estaba muy bueno como para dejarlo correr bajo gargantas
ajenas. Y luego, pues fumé y no debí haber fumado, ni dejar que los demás
fumaran. Como que me quiere dar gripa, culeros, ¿no ven? debí haberles dicho.
Pero fumé con ellos, y tomé mezcal con ellos. Y la pasamos bien. Algo
diametralmente opuesto a lo de hoy. Hoy a cada estornudo puedo sentir algunos filamentos
– como alambres de púas - en mi interior,
corriendo de mi garganta al pecho y de ahí a las extremidades, tensándose y como
congelándose durante ese lapso de tiempo en el que vuelvo a coger otra bocanada
de aire, rogando no dar ese otro estornudo que siempre me ha hecho pensar que
éstos no pueden ser impares. El aire, además, ya no huele bien, ya denso y
contaminado en mi habitación, un miasma nauseabundo que me hace sentir inmerso
en un pantano cubierto de ocre neblina. Y ahí voy yo, camino al baño al ritmo
de un ser antediluviano con tobillos de goma, por otro rollo de papel
higiénico. Casi puedo jurar que soy un molusco – hasta volteo sobre mi hombro
para ver si no he dejado una estela de baba -, ente invertebrado que repta sólo
por voluntad de extraer de una vez por todas, todos esos mocos que no lo dejan
respirar en puta paz. Sin ánimo, realmente, ni de mentar madres. Emocionalmente
resignado, con ganas de conciliar el sueño y de que todo pase como tenga que
pasar, que el virus haga lo suyo, toma de mí lo que necesites, maldito, y
abandona mi cuerpo moribundo, yo estaré aquí dormido, refugiado en un mundo
paralelo, en un mundo saludable en el que la gente puede beber y fumar
tranquilamente y sin consecuencias. Lo voy logrando, un paisaje que promete ser
bueno empieza a dibujarse entre las luminosidades proyectadas bajo los
párpados, algo que parece ser un bosque con un lago cristalino, nada mal, aunque
me cuesta empezar a delinear los contornos de los árboles y de las rocas y
de…eso, que aparece a la orilla del lago y que se desplaza con suavidad, que se
desliza hacia el agua, que empieza a sumergirse en ella. Una vez su totalidad
está cubierta por el lago me doy cuenta que soy yo, por el deplorable aspecto que
llevo y porque los sonidos llegan a mis oídos como sólo bajo el agua llegan. El
sueño es perturbado por ruidos desde la ventana. Despierto peor que hace unos
minutos, con las sábanas revueltas entre las piernas y con algo de sudor en la
piel. Estoy seguro de tener fiebre. El ruido viene de casa del vecino, el hijo
de puta va a tener after, tan sanito el ojete. Ya empiezo a escuchar su música
y sus risas, todo como bajo el agua, todo. Me levanto y empiezo a caminar en
círculos pensando en tomar algo que me ayude a conciliar el sueño, a pesar de
la gripe, a pesar del after del vecino. A la mente me llegan, como un eco
difuso, todas las recomendaciones de aquellos a los que les brota el médico
interno cuando uno confiesa sus dolencias físicas. Tómate un té de cebolla y
ajo, un shot de limón en ayunas todas las mañanas, evita los lácteos y los
azúcares, un día una doñita me dijo que asara medio limón y que lo frotara
contra la parte interna de mi codo, así las cosas. Uno toma algún consejo, se
desecha otro… Lo que sí ya está del otro lado son estos weyes nihilistas
espirituloides: la enfermedad no existe, es un producto de tu culpa. Ya los
imagino escondiéndose de la mirada mortal en plena fiebre, para luego decir que
estuvieron de gira dando algunos cursos milagrosos, que cómo se va a enfermar
si eso está la mente. Mis huevos. Dando vueltas se me ocurre sentarme a
escribir, que es lo que mejor sé hacer cuando me siento mal, y de pronto voy
sintiendo que conforme las letras se van uniendo en este texto, los síntomas
van dejando de agobiarme, como si entre caracteres se fuese yendo la gripe que
hace minutos me atosigaba con el detalle y la gravedad que he dicho unas
cuantas líneas arriba. Sólo espero, con la vehemencia que tiene quien conoce el
padecimiento, que aquel que termine de leer este texto, no vaya a contraer lo
que de mi ha despojado.
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