martes, 9 de mayo de 2017

Nunca es igual


El último día en su casa fue como el resto de los días con ella: perfecto. Primero despertar tras una noche en que el sueño seguramente fue más que bueno, luego abrir los párpados tras las llamadas sutiles de caricias alrededor del sexo. A Victoria le gustaba despertarme de esa manera, y ese último día no fue la excepción. Hacer el amor a primera hora mientras el olor del café preparándose se mezclaba con el dulce aroma de su cuerpo, tiene comparación con pocas cosas en la vida, después, una buena sobrecama: me hablaba de temas aleatorios, del alma, de la conciencia, del poder de ciertas gemas preciosas; con una cadencia casual, pero con la emoción de quien habla de un lugar extraño al que pronto irá para no volver.

Luego se levantaba a preparar el desayuno. Y yo la veía ir y venir con esa desnudez de porcelana laqueada en mate, mientras me dejaba derramado en la cama pensando en mi posición dentro del universo.

Las comidas siempre fueron generosas: Omellete de champiñón, queso de cabra, jitomate deshidratado, arúgula, frijoles refritos acompañados de guarnición de papas y camote rostizados al romero, jugo de naranja recién hecho, gelatina de queso en salsa de fresa como postre y para acompañar un delicioso café, mezcla de los mejores granos de Veracruz, Oaxaca y Chiapas. Me contó que había tomado un curso de gastronomía en Suiza, en el que desertó a la mitad. Dijo que el país le aburría, que lo mejor que ahí hacía era esquiar y comer chocolates.

Luego hablamos de México, de los colores, de la magia, como si no existiera corrupción y asesinatos. Y oímos discos con música de Moncayo y La bikina, luego los Andes y el cóndor pasa, son cubano, el buen Coltrane y Bebel Gilberto, recorrimos todo el continente. Nos entregábamos al placer de escuchar la música mimetizándonos con el entorno, porque, concluimos, había que olvidarse de la materia del cuerpo para que la percepción sonora fuese directa. Luego Victoria se levantaba de pronto, sacaba una caja de caoba de uno de los cajones del mueble de la sala, donde guardaba generosa cantidad de marihuana y liaba uno grande para la ocasión.

Factores paradisiacos ejercían su fuerza para generar una burbuja tornasol que nos separaba de las desgracias del mundo. Sin deudas kármicas nos sentíamos, el mundo y toda su bondad se abría ante nosotros trazando caminos de distintos colores donde el placer estaba garantizado al final de cada uno de ellos. Tumbados entre la duela y el tapete turco que un amante le regaló años atrás, pasábamos horas bajo una atmósfera somnífera y de claridad mental, callados, inmersos en fantasías que confeccionábamos para nuestro futuro, felices.

Miraba sus ojos con el deliberado deseo de decirle telepáticamente lo bien que me sentía con ella, y ella sonreía, como si de verdad supiera eso antes del habla. Volvíamos a hacer el amor, tres, cuatro veces, como celebrando todo lo que se pudiese, ese encuentro fortuito del que habíamos sido víctimas.

En la deliciosa fatiga del postorgasmo, Victoria descorchaba un vino –regalos seguros de antaños amantes- Rioja, de buen cuerpo y mejor sabor. Brindamos por la causalidad en la que ambos creíamos, por ese extraño mecanismo del universo donde las posibilidades más inverosímiles eran tan reales como la gravedad, por las deidades que juegan con el destino de los mortales, por la intención del hombre y la fe de los bienaventurados. 

El sueño terminó cuando nos despedimos en el aeropuerto. Mi vuelo salía a las 9:00, y a las 8:50 estuve tentado en ignorarlo todo y regresar a ella. Pero imposible olvidar las responsabilidades que le dan sustento a uno. Nos despedimos con cariño real, como dos viejos amigos, y quedamos que el próximo año, en el verano, nos volveríamos a encontrar, tal y como nos habíamos encontrado en esa dichosa ocasión.

Y el año pasó presto, sin que pasara un día en que no estuviera impaciente de este momento:  trepado ya en el avión con destino a la Ciudad de México, que es donde Victoria radica, ansioso de ver sus ojos de agua de manantial y lamer nuevamente esa mirada con mis sedientas pupilas. 

Vuelo ahora hacia donde hermosos recuerdos me llaman. El nerviosismo del reencuentro se hace presente, parece brotar desde esos toboganes de luz que forman el sol y las nubes que contemplo en las alturas. Floto en la distancia que se recorta. Ícaro enamorado con alas de metal sobre la urbe que se dibuja entre el humo y el concreto.

Abro el maletín que llevo en brazos y me cercioro que la botella de Rioja esté conmigo. Ya la imagino agradeciendo el detalle, diciendo: Nibelungo hermoso, no debiste. Nibelungo. Nunca supe porque me llamaba de esa manera. Desde la primera vez que cruzamos palabra, no me llamó de otra forma. Creo que nunca mencioné mi nombre, tal vez en su acta ella no fuera Victoria.

¿Qué hacer en cuanto llegue?, me gustaría hacer tantas cosas. Un café de los mejores granos del país sería estupendo para empezar una de esas buenas conversaciones, y hablar sobre esos temas que la hacen reverberar luz de la boca. Después ir al cine o al teatro y simular ese caballeresco ritual de pagar los boletos, porque de antemano sé que no me dejará gastar ni un centavo estando con ella. Aunque lo más seguro es que quiera llevarme directo a su casa, como aquel primer día, recuerdo que me dijo: Nibelungo, has de estar cansado, tomemos una ducha juntos y después paseamos a ver dónde. Y tomamos una ducha e hicimos el amor bajo el agua tibia de la regadera.

Era fácil platicar con ella: de los toltecas, los mayas y sus calendarios, la India y sus ancestrales dioses. Victoria es de esas personas abiertas como el paisaje de una llanura de topografía perfecta, donde se puede andar con facilidad. Valiosa por su gracia de compartir su percepción del mundo, un mundo donde la magia bulle bajo el concreto de las ciudades.

Excéntrica desde la raíz, parecía manar un aura arcoíris. Debió haber nacido en un solsticio con alineamientos proféticos o una noche en que la lluvia de estrellas cubría todo el mapa celeste. Siempre con una sonrisa, encontrando en todo detalle el pretexto para compartir un punto de vista y luego reír a carcajadas demenciales.


El avión desciende y mi impaciencia aumenta. Hago los trámites necesarios de pasaporte y tal. Voy por mis maletas y espero en la sala de llegadas internacionales a ver su hermosa sonrisa dándome la bienvenida. El café antes pensado se me antoja sobremanera, tendré que convencerla de ir por uno antes de llegar a su casa. Prendo un cigarro en la espera. A la tercera calada la diviso, hermosa como hace un año, el cabello un poco más largo y ese andar de paso seguro que la caracteriza. Ella aún no me ve, pero es evidente que me busca entre la multitud. Luego algo extraño sucede: la veo acelerar el paso hacia un sujeto que recién llega de un vuelo que me importa un carajo, le sonríe, lo abraza, lo besa. El sujeto parece desconcertado. La escucho decir, hola Nibelungo, te he estado esperando. El tipo no sabe qué decir, es obvio que no la conoce, pero la besa con ganas, justo como hace un año empezó todo entre Victoria y yo. Al fondo, una máquina dispensadora de Nescafé titila como agonizando, camino hacia ella mientras hurgo en mis bolsillos. Por lo menos encuentro monedas justas para una taza de esa porquería. 

martes, 25 de octubre de 2016

El nuevo banquete (de El Anticurso)

Nadie la amamanta, pero la lloran como un bebé que nació muerto. Un sinfín de tratados acolchan su camita, por sonajas y chupones tiene loas y citas a granel; todos le hablan lisonjeras palabrejas y si llora le hacen cosquillas; le tejieron una cobija de promesas fugaces: serás la vita nuova antes de la vita nuova. Antes de todo. Juraron y perjuraron que lucharían por él como si se tratase de algo precioso. Lo mecen a ratos y si no se está le dan sus barbitúricos o su ritalín o su te de ajenjo. Lo que quiera el chamaco. En su bautismo estuvieron reunidos todos los padrinos y los orgullosos abuelos, de los padres nada se supo y fueron invitados hasta sus bisnietos no natos. ¡Qué farsa!
¿Qué es entonces, qué no es? Cuál fue su época. Ésta, seguro que no, por mi vida que no. La vieron gatear por las pestilentes calles de Roma, cuando el sol doraba sus blancas canteras y algunos entogados creyeron fundarla. Los dioses mismos de los lobeznos la acogieron con entusiasmo e intentaron instrumentarla, pero no iba con su estilo: los dioses no tienen padre ni tienen futuro, cómo pedirles tanto. Ya tiene nombre este vástago de las reflexiones pero no se anima a andar. ¡Qué burla! Cómo va andar si nadie lo cuida. Si nadie lo mima. Lo han dejado solo. Lo trajeron al mundo y lo dejaron morir de hambre, nadie les dijo que si el niño no hablaba era porque no había sido amado.
Pero existe. Es. En una forma compleja y desconcertante; toquémosla y regocijémonos de no poder tocarla, gocémonos con su aroma a libro viejo y unámonos en una orgía de lamentos, y ante su ausencia bastémonos con las manchas de su rostro en la tela. Sólo existe en antagonismo de algo más. Es como la partícula indivisible o el fin último de la existencia que se aparecen en mi necio sueño: corro para alcanzarla pero nunca llega, ¡un clásico! Y le grito ‘te necesito’. Todos hemos soñado con esto. La unificación humana, la vuelta del nómada, las estepas interminables, las ciudades cubiertas de cal, los bosques, los ríos. Hasta que un hijo de puta nos despierta.
En la mesa del banquete nos espera un menú deliciosamente alienante, repleto de palabritas rimbombantes y hip hop experimental: metametodología para el entrenamiento de la mente universal. Curación chácrica, energética, simbólica, patafisicoparipatética, logoterapéutica, holísticoespiralidósica, maslówdica y espiritual. Perdona a tu clan, a Eva y Adán y a la cabrona de Lilith. “Déjate de historias y plantéate la experienciación de cada segundo con una visión, misión, objetivos a corto, mediano, tres cuartos, largo, sempiterno, cabalístico, y reencarnatorio plazos”. Lo que hay que ver… Sólo son palabrillas. Puedo sentir cómo nos animan esos farsantes. Puedo verlos a todos sonreír y sentirse orgullosos de sus pupilos: uno me arrebata su mejor película y me susurra al oído que corte un pedazo de mi corbata a las 3 de la tarde, la moje en miel de pájaro dodo y se lo entregue a mi padre. Ya me atrapó, confío en su sabiduría y me entrego totalmente; confisca mi cartera mientras me sonríe.

Todos están dopados, alegres, optimistas. Todos armonizan en una polifonía magistral. Ya nadie desentona. Han encontrado su lugar en mundo. Yo me acuerdo del pequeño, lo escucho llorar en su habitación, busco mi cartera para comprarle su fórmula. ¿Quién cuida de él? Todos lo abandonaron. Ya casi no recuerdo su nombre y a punto de perder la cordura un viejo poeta del banquete pregunta: “¿Y dónde queda la ética?”. Me acuerdo entonces de su nombre.

miércoles, 5 de octubre de 2016

EXPELIENDO (improvisación contra la gripe)

El problema empezó porque ayer tomé y no debí haber tomado… el mezcal ese estaba muy bueno como para dejarlo correr bajo gargantas ajenas. Y luego, pues fumé y no debí haber fumado, ni dejar que los demás fumaran. Como que me quiere dar gripa, culeros, ¿no ven? debí haberles dicho. Pero fumé con ellos, y tomé mezcal con ellos. Y la pasamos bien. Algo diametralmente opuesto a lo de hoy. Hoy a cada estornudo puedo sentir algunos filamentos – como alambres de púas -  en mi interior, corriendo de mi garganta al pecho y de ahí a las extremidades, tensándose y como congelándose durante ese lapso de tiempo en el que vuelvo a coger otra bocanada de aire, rogando no dar ese otro estornudo que siempre me ha hecho pensar que éstos no pueden ser impares. El aire, además, ya no huele bien, ya denso y contaminado en mi habitación, un miasma nauseabundo que me hace sentir inmerso en un pantano cubierto de ocre neblina. Y ahí voy yo, camino al baño al ritmo de un ser antediluviano con tobillos de goma, por otro rollo de papel higiénico. Casi puedo jurar que soy un molusco – hasta volteo sobre mi hombro para ver si no he dejado una estela de baba -, ente invertebrado que repta sólo por voluntad de extraer de una vez por todas, todos esos mocos que no lo dejan respirar en puta paz. Sin ánimo, realmente, ni de mentar madres. Emocionalmente resignado, con ganas de conciliar el sueño y de que todo pase como tenga que pasar, que el virus haga lo suyo, toma de mí lo que necesites, maldito, y abandona mi cuerpo moribundo, yo estaré aquí dormido, refugiado en un mundo paralelo, en un mundo saludable en el que la gente puede beber y fumar tranquilamente y sin consecuencias. Lo voy logrando, un paisaje que promete ser bueno empieza a dibujarse entre las luminosidades proyectadas bajo los párpados, algo que parece ser un bosque con un lago cristalino, nada mal, aunque me cuesta empezar a delinear los contornos de los árboles y de las rocas y de…eso, que aparece a la orilla del lago y que se desplaza con suavidad, que se desliza hacia el agua, que empieza a sumergirse en ella. Una vez su totalidad está cubierta por el lago me doy cuenta que soy yo, por el deplorable aspecto que llevo y porque los sonidos llegan a mis oídos como sólo bajo el agua llegan. El sueño es perturbado por ruidos desde la ventana. Despierto peor que hace unos minutos, con las sábanas revueltas entre las piernas y con algo de sudor en la piel. Estoy seguro de tener fiebre. El ruido viene de casa del vecino, el hijo de puta va a tener after, tan sanito el ojete. Ya empiezo a escuchar su música y sus risas, todo como bajo el agua, todo. Me levanto y empiezo a caminar en círculos pensando en tomar algo que me ayude a conciliar el sueño, a pesar de la gripe, a pesar del after del vecino. A la mente me llegan, como un eco difuso, todas las recomendaciones de aquellos a los que les brota el médico interno cuando uno confiesa sus dolencias físicas. Tómate un té de cebolla y ajo, un shot de limón en ayunas todas las mañanas, evita los lácteos y los azúcares, un día una doñita me dijo que asara medio limón y que lo frotara contra la parte interna de mi codo, así las cosas. Uno toma algún consejo, se desecha otro… Lo que sí ya está del otro lado son estos weyes nihilistas espirituloides: la enfermedad no existe, es un producto de tu culpa. Ya los imagino escondiéndose de la mirada mortal en plena fiebre, para luego decir que estuvieron de gira dando algunos cursos milagrosos, que cómo se va a enfermar si eso está la mente. Mis huevos. Dando vueltas se me ocurre sentarme a escribir, que es lo que mejor sé hacer cuando me siento mal, y de pronto voy sintiendo que conforme las letras se van uniendo en este texto, los síntomas van dejando de agobiarme, como si entre caracteres se fuese yendo la gripe que hace minutos me atosigaba con el detalle y la gravedad que he dicho unas cuantas líneas arriba. Sólo espero, con la vehemencia que tiene quien conoce el padecimiento, que aquel que termine de leer este texto, no vaya a contraer lo que de mi ha despojado.  

miércoles, 3 de agosto de 2016

Aquestos lodos

Es un hecho que sus ojos nunca cambiaron. Parecían haberse cargado de lluvia como las nubes del aguacero. La oscuridad entre los párpados y las ojeras se había acentuado, al igual que las sombras de un reloj de sol. Cuando la vi por última vez eran las doce del día en sus ojos, ahora parecía avenirse la tarde noche en ellos. La muerte estaba instalada en esos cuencos, no sé por qué lo intuía; la muerte o el hartazgo. La ira se había ido, la desesperación, la búsqueda infructuosa, tan sólo quedaba esa manera de impostar la retina de los estadistas, la mirada que se obtendría de tener que sentarse sobre una montaña de mierda y contemplar el mundo desde esa perspectiva. “De aquellos mares, aquestos lodos”. No, no, los ojos eran los mismos. Además, estás cambiando la frase. Los ojos tenían el mismo vidrio de entonces. Al menos eso me concedió. No estoy aquí, estoy en los tiempos de la furia, de los celos, de las bajezas, de los miedos y ella me mira fijamente. Antes olía como a pera, ahora huele a Channel No. 5. “La idealización es un proceso que envuelve al objeto; sin variar de naturaleza, éste es engrandecido y realzado psíquicamente”. Cállate cerebro o te apuñalo con un hisopo.

jueves, 14 de julio de 2016

El básquet

Saltó y ganó el rebote ofensivo. Juagaba en segunda división de la liga municipal de la ciudad. 

La altura promedio del jugador de básquet en Estados Unidos tal vez sea un metro con noventa centímetros. En la zona bajío de México anda alrededor del uno setenta. Él media uno ochenta y cinco. Altura suficiente para ser el poste del equipo. 

Tras recuperar el rebote, tomó impulso debajo del aro. Brincó en diagonal ligeramente hacía el contrario que estaba detrás de él a su derecha. Por reacción, el defensivo intentó tapar la pelota en el aire. Él escondió en decimas de segundo el balón, generó el contacto. ¡Faul!, silbó el árbitro. Aún en el aire, volvió alzar el balón y lo soltó hacía el tablero. ¡Y cuenta!, gritó la banca.

Ritual de tiro libre: tres botes, medio giro, dedos sobre la línea del balón, inclinación ligera del cuerpo, respiración profunda y exhalación mientras libera el tiro.  El mismo método desde  primaria. 

Noventa y cinco kilogramos de peso, lejos de su mejor momento físico. Rodillera en cada pierna, faja para soportar la zona baja de la espalda. En la selección de básquet, durante la  prepa le decían aire. De manos pequeñas, nunca pudo clavar la pelota.  

Sin la habilidad de antes se motivaba en la defensa; empujones con el contrario más corpulento, ganar la posición en la pintura, bajar los rebotes. En su tiempo libre veía compilaciones en youtube de Dennis Rodman; el primer jugador realmente enfocado a la defensa. Había juegos que aunque tuviera la bandeja para encestar prefería pasarla, solo para que sus números reflejaran el tamaño de defensa que era, además del conocidísimo freak. 

Nueve de la noche en el deportivo el hoyo, un inmenso agujero a media avenida que dejó la explotación de un banco de arena.  El municipio en su infinito oportunismo político-social aprovechó para crear un deportivo de pésimas instalaciones,  mal iluminado con un acceso peligroso a media curva y dónde más de una violación ha ocurrido y no, precisamente, por dar tres pasos al levantar el drible colando hacía el tablero. 

Dos lámparas grandes alumbran deficientemente  la cancha (él cree que le da un toque nostálgico al lugar). Dependiendo dónde estés, atrapar un pase se vuelve una combinación de destreza  visual y reacción nuero-motora. Los árbitros desarrollan visión nocturna. Los reclamos son constantes por faules inexistentes o por faltas no marcadas.

Tiró la pelota esperando que cayera la jugada de tres puntos. La parábola se extiende en altura, porque el aro está ligeramente inclinado hacia arriba. No cayó el tiro libre. El equipo contrario recuperó el balón. ¡Tiempo fuera!

El partido se está acabando, van abajo nueve puntos y queda minuto y medio. No hay razón para pedir tiempo fuera, al menos que alguno lazara tan preciso como Curry -actual Most Valuable Player de la NBA- pero es parte del juego pedir todos los tiempos fuera que permite el reglamento. Discutir cómo va el juego, a quién hay que agarrar con marca personal, quién tira de tres, no perder el balón con pases torpes. ¿En qué momento generaron esa ventaja y por qué? Eso se quiere averiguar. Siempre hay quién reclama la última juagada; no metiste el tiro libre y ya llevas varios fallados, estaríamos con mejores posibilidades de ganar, ¡puta madre! Todos jugamos a ganar. A ganar algo.

Reinicia el juego, el equipo defiende en personal por primera vez en el partido. ¿Quién marca a quien? Se confunden y dejan sólo a un jugador, encesta la canasta. Al ataque, el balón se pierde por un pase apresurado en un corte hacía la pintura, caen otros dos puntos en contragolpe. Ya con el tiempo encima forzan un tiro de tres, fallan y termina el juego. 

Saludo deportivo de jugadores y árbitros. Todo se olvida ahí; mentadas de madre, ganas de pelea, codazos y todo tipo de soberbia.

Cooperación para pagar tres árbitros, ciento ochenta pesos por equipo. 

De regreso a casa, cansado y adolorido toma agua y recuerda las jugadas. Con dificultad se quita tenis, calcetines, rodilleras y faja. Saca el ungüento del cajón y se lo unta en pies, rodillas, hombros y espalda. 

Ese deportivo oscuro, esa liga mediocre,  ese árbitro indeciso y mal pagado, logran un sentimiento de pertenencia. Se siente bien.


jueves, 16 de junio de 2016

Ese extraño en el espejo

Después de leer ese mail, en el que la organización de exalumnos lo invitaba a una reunión que celebraba los 20 años de haberse graduado de la preparatoria, se levantó del escritorio con una extraña sensación - ni nostalgia, ni añoranza – y caminó hasta pararse frente al espejo del baño. Se vio a los ojos. Ligeras arrugas ya surcaban sus párpados, en su barba asomaba ya una que otra cana. No juzgó su apariencia como la de alguien a quien el cansancio lo delata, o a quien las energías lo han abandonado. Pero era innegable que los años habían marcado su rostro.  Veinte años no es cualquier cosa. Mucho había pasado en aquel lapso de tiempo. A la mente le llegaron algunos rostros de los que habían sido sus compañeros en aquella temporada. Imaginó qué apariencia podrían tener hoy en día. Se imaginó con ellos platicando las mismas pendejadas que platicaban en aquel entonces, fumando cigarros como idiotas. ¡Qué fácil era hacer las responsabilidades a un lado! ¡Qué afán el de creer que la personalidad se podía moldear a conveniencia! Como coleccionando ademanes que admiraba de personajes sacados de películas y libros de ficción, hasta volverse un extraño collage que poco a poco era insostenible. Rio frente al espejo, luego se quedó mirando nuevamente a los ojos, hasta ese punto en el que parece que uno no reconoce su propia imagen.

Esa noche decidió irse a dormir temprano, y aunque le costó conciliar el sueño, logro dormir como un tronco. Soñó que se encontraba con sus excompañeros de la preparatoria, junto con algunos otros personajes de su pasado. Era una fiesta amena y elegante en la que todos usaban extrañas máscaras, y a pesar de ello, todo mundo se reconocía.  Por la mañana, mientras se preparaba un omelette  de espinaca, trató de recordar un poco más del sueño, sin lograr nada relevante. Meditó también en la posibilidad de asistir a la fiesta de exalumnos. Habría que darse un tiempo en la tarde para meterse al Facebook de aquellos y darse alguna idea de si valdría la pena ir, pensó, dejando el plato sobre la tarja. Habría que darse un tiempo, también, para lavar todos esos platos acumulados.

Horas más tarde prendió la computadora con la intención de adelantarle al reportaje al que había sido encomendado, y no pudo resistirse a poner a sonar alguna canción de antaño. Puso play a It’s a sin, y dejó que su mente lo llevara otra vez a la adolescencia. Qué emocionante era aquello de convertirse en mayor de edad, puta tontería. Lo agradable, sin duda, era enamorarse de cualquiera que te tomara de la mano, que se dejara besar. Sin hablar de lo emocionante que eran los encuentros sexuales, que aunque torpes y precipitados, formaban parte de los episodios importantes de la época. Fantaseó un poco algún reencuentro sexual con alguna de esas compañeras con las que había vivido aquello, aunque lo más probable es que ahora estuvieran flácidas o casadas o ambas cosas. Posibilidades había muchas, y arrojarse en ellas era pérdida de tiempo. Abrió Facebook y se puso a mirar las fotos de los excompañeros hasta asquearse. Luego abrió su perfil, pensando cómo podría ser juzgado si alguno o alguna de aquellas se encontraba haciendo lo mismo. No podrían darse mucha idea, concluyó, ya que a diferencia de los perfiles en Facebook que él estuvo viendo, el suyo no contenía gran cosa en material fotográfico, ni mucho menos esa manera frenética de exhibir su vida, con tanta pose, con tanta vanidad, como si en verdad la vida siempre fuera una tierna putita al servicio de los caprichos materiales. Apagó el monitor y salió de su habitación. Necesitaba un baño, una buena afeitada no le caería mal. O tal vez sólo fue el ver a esos extraños tan artificialmente pulcros. Cayó en cuenta que trabajando desde casa es fácil pasar los días desaliñado. Caminó con eso en mente hasta llegar frente al espejo. En verdad necesitaba arreglar esa barba. Un corte de pelo tampoco le caería mal, ni bajar la panza, ni broncear las piernas, ni ese largo etcétera que se despliega natural cuando uno se pone meticuloso. Sacó el rastrillo y la espuma para afeitar y se puso manos a la obra. Iba a mitad de la tarea cuando un descuido le hizo abrirse una cortada de tres centímetros. Culpa de ese estarse viendo los ojos hasta no reconocerse, mientras los movimientos se hacen inconscientes. O hasta reconocer que ese rostro no es lo que define a uno, pensó de pronto petrificado frente al espejo, dejando que la sangre saliera lenta. Esa sangre. Ese rostro. Ese cuerpo. Esos pensamientos. ¿Quién soy yo?¿Quiénes son los otros?. El ardor de la cortada fue creciendo hasta hacerlo volver en sí. “Volver en sí” - ¿A dónde me había ido, entonces? ¿Qué fue lo que tuve que dejar para después volver? – Se miró en el espejo de nueva cuenta, pero ya no se reconoció. Giró de manera violenta para darle la espalda a la imagen de aquel extraño en el espejo y salió de casa casi a trote, consternado.

Deambuló cerca de tres horas tratando de desenredar ese ovillo existencial en su cabeza. Agotado, caminando lento de regreso a casa, por las calles donde la gente hacía sus compras con ese carácter cotidiano de pronto todo le pareció absurdo. Alguien se le acercó para preguntarle si se encontraba bien, pero él no lo escuchó, a pesar de que el extraño lo había tomado del hombro para que lo viera de frente, y lo vió, pero no supo qué era aquello que lo tocaba. Su mente estaba enfrascada sopesando algunas ideas. Tal vez tenía que socializar más, posiblemente estaba sufriendo una crisis causa de una larga temporada de aislamiento.  La fiesta de exalumnos en Guadalajara  se presentaba como un buen pretexto, factible, pues aquella ciudad estaba a pocas horas de donde él vivía. Tal vez en esa fiesta podría nuevamente reconocerse, encontrarse – ya no en el espejo – pero no, se dijo, era simple y vulgar morbo el que lo invitaba a considerar la idea, tal vez bastaba con seguir caminando, ir a la tienda y comprar algo que hiciera falta, como los demás lo hacían, ir por algunos cigarros extras, por ejemplo. Caminar, a donde fuera, pero seguir caminando. 

jueves, 26 de mayo de 2016

Ejemplares

Habían asegurado sus lugares dentro del microbús gracias a esa destreza, perfeccionada con cada ida al mercado, de alejar a cualquier ser vivo haciendo bruscos movimientos con la docena de bolsas que cargaban, mientras hacían fila en la parada. Mejor aún que habían logrado salir prestas del mercado y ser las dos primeras en llegar al señalamiento azul: sólo con la franja amarilla delante de sus robustos cuerpos  había la posibilidad de que incluso las bolsas tuvieran un lugar acojinado dentro del transporte público. Ya desde antes de subir empezaba su letanía de insatisfacciones sufridas durante la compra de los martes. Ay, manita ¡harto que subió el kilo de jitomates sólo en dos semanas!...Sí, comadre, aunque para mí que el gordo ná más le subió el costo pa chingar, no sé si te conté que el martes pasado me vio platicando con el de las películas, se me hace que se enceló… ¿a poco sí, di?... pues no sé lo que cree que somos sólo porque le acepté una salidita de nada. Cuando el microbús llega y empiezan a subir en él, el oscilar de las bolsas se reanuda, sólo para que a nadie se le ocurra rebasarlas en el, de por sí estrecho, pasillo del camión. Eligen lugares de en medio y se sientan: dos coloridos alebrijes, mitad guajolotes, mitad paquidermos, que aflojan simultáneamente las rodillas para que la gravedad jale sus flácidos traseros hacia el cojín destartalado. En el respaldo de enfrente pueden leer algunas frases escritas a punta de navaja [te amo Rodolfo, Joselín la de 3ro B es una puta, La Secu 4 rifa], pasan los años y no hay mejor terapia en la pubertad que escupir la catarsis en cualquier superficie vertical – aunque el Facebook también tiene lo suyo, pero eso, nuestras comadres, no lo saben -. Una de ellas, de delantal rojo, lee las frases – tropezando entre líneas con algún dibujo obsceno que la hace reacomodarse en el asiento – y recuerda su infancia en un segundo. Luego recuerda a Carlita, la sobrina que va en secundaria, tan listilla, tan modosita, el orgullo de la familia. Le encuentra un ligero parecido con la chamaca del asiento de enfrente, sentada tan derechita y con el moño tan bien hecho sosteniendo la cola de caballo con que va peinada. Sí, se parece, aunque piensa que Carlita es más bonita, más güerita. Al arrancar el camión, su comadre – delantal azul – trata de pedirle a otra niña, gorda y también con uniforme de secundaria oficial, sentada del otro lado del pasillo, que le pase el jitomate que cayó y  rodó a sus pies, pero ésta no la escucha: está absorta mirando a la niña del moño blanco, congelada en una mueca que sólo se antoja de odio. Tal vez esa maldita niña bonita le arrebató al pretendiente, al campeón goleador de las cascaritas, durante el receso, justo cuando ella pedía su segunda ración de papas Sabritas, o alguno de esos productos que invariablemente se encuentran en las cafeterías de las secundarias públicas. Como sea, se le queda viendo feo, entre odio y admiración, clásicos celos adolescentes. Lo que no sabe, es que la niña de moño blanco también está absorta, no en lo que pudo haber pasado, sino en lo que pasó, a diferencia de la niña gorda en su mente sólo le da vueltas a la idea de llegar a casa y darse un buen baño; tal vez así logre quitarse la sensación de las manos del profe de educación física sobre su cuerpo.

Al primer alto el chofer enciende la radio… Espero también, que todas las veces que te haga el amor, en vez de pétalos de flor, adorne tu cama con puros billetes… las comadres empiezan a cantar por lo bajo la melodía norteña, mientras en la mente de todos los pasajeros se reafirma un recelo social, herencia de varias generaciones… Espero también, que todas las veces que te haga el amor, te traicione el corazón, y loca en placer tú le digas mi nombre…  Justo antes de arrancar, sube un nuevo pasajero, un gringo de treinta y pico de años al que las comadres ven con buen ojo. Para suerte de ellas se sienta cerca, junto a la niña gorda, quien se recorre hacia la ventana y sonríe, esperando inútilmente que la niña del moño blanco voltee a verla. La comadre del delantal rojo lo imagina como el protagonista del videoclip de la canción que suena en la radio, que baila con ella muy pegadito. Su comadre la saca de la ensoñación… Ay manita, estoy como un poco hasta la madre de que la muchacha, la Eusebia, ya se queja de todo, que si le pido que lave mejor la loza, me hace jeta y así… ¿A poco sí, di?... Sí, comadre, en estos tiempos es difícil conseguir una muchacha, pues que haga bien las cosas, ¿no? como se debe, que no sea tan india, pues… La comadre empieza a enumerar una larga lista de fallas por parte de Eusebia, incluso a inventarlas, mientras sube el volumen de su voz, animada por la extraña idea de que el gringo la fuera a escuchar. Seguro él la entendía, seguro él tenía una “muchacha” de la cual quejarse. Pero el gringo apenas sabe algo de español, de hecho justo ese día está arrepintiéndose de no haber tomado algunas lecciones antes de su aventura por el rudimentario México. Alguno de sus parientes, su tío tal vez, le había dicho que en San Miguel de Allende no necesitaba hablar español, eso, supo después, si pasaba todas las mañanas tratando de darle algo de color a sus pálidas piernas, como lo hacía su tío y sus amigos gringos todos los días en la plaza principal, frente a la parroquia. Pero su raquítico espíritu aventurero lo había empujado a explorar el famoso tianguis de los martes, y ahí sí que le hizo falta un poco del lenguaje nativo. Sí encontró a uno que otro paisano, pero de esos que los sesentas les llegaron en los dosmiles y prefirió pasarlos por alto; interpérrito pidió una orden de tacos de cecina enchilada, que ahora en el camión maldice, rogando al mismo tiempo llegar sin más contratiempos al baño de su habitación.

El camión desciende por las calles empedradas del Bajío, haciendo oscilar los cuerpos de los pasajeros, también oscilando sus pensamientos. Las comadres, en su elemento, no paran la letanía hasta la esquina donde bajan presurosas, no sin antes, al recorrer el pasillo del camión, golpear con las bolsas, hombros y cabezas de quienes hasta ese entonces las acompañaban. Tocando tierra firme se van a trote a la iglesia más cercana, para alcanzar la misa que pronto empezará. Tranquilas entran por la gran puerta de madera, sabiéndose ejemplares católicas, entrañables mexicanas.