martes, 29 de julio de 2014

Desierto

Habían pasado por lo menos un par de años sin que te viera, y un buen día, de pronto, tocas a mi puerta. Luces como si el tiempo no hubiera pasado para ti, con el cabello a la misma altura, vestida como aquella última vez, radiante, hermosa, tal vez la mirada más profunda, más… enigmática.  Antes de abrir la boca, a lo mejor porque tardo en encontrar qué decir, entras a la casa, silenciosa como siempre has sido.

Aquella ocasión, esa última vez que te había visto, jamás la voy a olvidar. Ni al desierto, ni a la noche, ni cómo mi mente me reveló aspectos del mundo que nunca hubiera imaginado. Habían pasado 2 años ya, y puedo decirte que aquel día marcó nuevas perspectivas en mi manera de vivir. Juré que no te volvería a encontrar, pero ¡hete aquí!, como si nada hubiera pasado, como si todo lo vivido hubiera sido un extraño sueño.

Entras a la casa y tomas asiento. Al pasar a mi lado puedo percibir un aire lozano, una ventisca que te sigue para mantenerte siempre fresca. Como aquella noche, que en el desierto soplaba un viento agradable, regular, como si alguien hubiera programado el clima y no hubiera posibilidad de variación alguna, y eso me llamó mucho la atención, llevándome a creer, entregado al placer del pensamiento, que nos encontrábamos en una zona mágica, un pedazo de tierra nunca antes pisada, que esperaba gustosa nuestra presencia.

¿Qué pasó? Pregunto, creyendo obvio a qué me refiero, pero tú sólo me miras, como quien trata de enfocar la silueta de un cerro lejano. ¿Por qué te fuiste? Estábamos tan a gusto acampando los dos solos en el desierto. No hay respuesta, sólo una ligera sonrisa en tu rostro. Trato de reconstruir los hechos, pensando que tal vez dejé escapar algo, una razón por la que te hubieras ido sin más, abandonándome a mi suerte justo en medio de las alucinaciones que habíamos buscado.
No hay respuesta. No hay razón.

Cuando desperté no te vi y esperé más de cuatro horas suponiendo que regresarías. Con la angustia aún en las venas recogí las cosas que juntos habíamos llevado y me lancé a trote rumbo a la carretera. Ahí, otras dos horas pasaron, hasta que una camioneta me levantó para llevarme al pueblo más cercano.

El cielo era hermoso, lo contemplé tumbado en la caja de la troca en la que iba. La constelación de Virgo brillaba en lo alto, esa que tú me enseñaste a identificar, con Spica resplandeciendo como nunca.  Mi mente, aún maleable, me decía sin justificación pero con certeza “ella está bien” y con ese pensamiento, ciclándolo como un mantra de paz, pude tranquilizarme hasta llegar a casa. Llegando me senté ahí, justo donde ahora estás, pensando que el porqué de tu abandono algún día tendría respuesta. Supongo que ese día ha llegado ¿no?. Sí, contestas, y el sonido de tu voz rompiendo el silencio hace que dé un ligero paso hacia atrás. Te levantas y acercas tu rostro hacia el mío, lentamente, dejando que el silencio vuelva a caer sobre nosotros como una manta de seda. Nuestros labios se tocan, nuestras lenguas se buscan. Veo una lluvia de estrellas en tus ojos, y al fondo, un venado en vuelto en llamas cruza a trote el horizonte. Y de pronto, un repentino y fuerte mareo me quita todas las fuerzas.


En mi cuerpo puedo sentir un calor agradable. Es el calor del sol, sin lugar a dudas. Siento que tus dedos, en tiernos movimientos, buscan mi mano. Es cuando me doy cuenta que bajo nosotros hay piedras y arena y restos de huizaches muertos. Qué bueno que venimos al desierto, pienso, mientras percibo un agradable viento soplando a nuestro alrededor.

viernes, 18 de julio de 2014

DF (2)


2. La basura.

Se salió de bañar apresurada cuando escuchó al camión de la basura.

Se puso unos pants rojos, una sudadera morada y unas chanclas de plástico.

Vació lo más rápido que pudo el bote de basura del baño en el otro más grande que estaba en la cocina y que sí tenía una bolsa.

Sacó la bolsa y corrió hacia la puerta, mientras agarraba una moneda de a cinco de la mesa.

Se bajó las escaleras de volada.

Saludó con la mirada a todos los vecinos de la vecindad y alcanzó a llegar al camión justo cuando ya se estaban subiendo todos los chavos de la basura.

Le puso la bolsa en la mano al primero que vio y al segundo, la moneda de cinco pesos.

El primero se le quedo viendo con cara de chale, la moneda me tocaba a mí.

El camión se alejó calle abajo, detrás de una nube humo.

Ella soltó un leve suspiro y sonrió.

La mañana era clara y tibia, se veían algunas nubes a lo lejos.

Dio la vuelta y saludo con la mirada a la última vecina, que ya  estaba entrando a la vecindad.

Se metió la mano derecha en la bolsa de los pants.

Luego, como extrañada, se metió la otra mano en la otra bolsa.

No traía llaves.

Y encima, no traía ni calzones.


Chingada madre, pensó. 

jueves, 17 de julio de 2014

Amor Incondicional.

Hace unos meses, casi un año, me encontraba en una fiesta de esas donde la gente popular es invitada, donde todos lucen sus mejores comentarios, sus mejores críticas, sus ropas de moda –o anti-moda-. Yo me encontraba ahí porque había cerveza gratis y un amigo de mi novia me había invitado. Me mantuve con la boca cerrada la mayor parte del tiempo, del corto tiempo que estuve en dicha reunión. Sólo la abrí para conversar con dos o tres conocidos que ahí estaban y que de paso me vieron. No destacó nada valioso de esa fiesta, nada que valiera la pena salvo una plática breve con una jovencita estrafalaria llena de piercings y tatuajes que se me puso enfrente. Yo apenas la conocía y nos saludamos. Después de intercambiar palabras huecas de esas que son puro formalismo, la charla se torció hacia la manera en que vemos a la gente, hacia cómo la juzgamos. Y comenzó porque yo le comentaba que acababa de escribir un ensayo sobre lo mentirosos que somos los humanos. Creía que ella podría estar de acuerdo y que la opinión encajaba perfecto precisamente por el contexto social en que nos encontrábamos esa noche: rostros frívolos, telas desgarradas, miradas indiferentes, ademanes artificiales, joyas basura, mala música, danzas funk robóticas… A pesar de que la conocía poco, me atreví a decirle que me costaba trabajo socializar, que por lo general hallo a las personas como seres falsos que reúnen en principio todo lo que creo desagradable, hasta que demuestren lo contrario. Mientras hablaba y transmitía mi parecer social, mi mente pedía silencio, pensaba que estaba abriendo un archivo íntimo con alguien a quien no le tenía ninguna clase de confianza. No logré callarme. Vomité tal cual toda mi opinión al respecto. De hecho no hubo un momento para reflexionar sobre lo dicho y haberme largado de ahí en ese instante. Más bien, esperé su respuesta.
-pues no sé, yo los amo a todos. Hay que amarlos aunque no los conozcamos.
-Puta, creo que eso está bien cabrón. Creo que es una de las cosas más difíciles de lograr.
-Puede parecer difícil, pero no lo es, no tanto. Yo hago meditación en las mañanas. Hay que amarlos a todos por igual. Estamos rodeados de amor nene, es cosa de verlo. Checa como se la están pasando todos: poca-madre, porque hay amor. Love is in the air- Esto último lo agregó con un movimiento rítmico con sus brazos al aire y ladeando la cabeza hacia los lados.
-Pues enséñame a verlo porque yo aquí veo un teatro lleno de actores culeros que sólo quieren competir entre sí. ¿Qué edad tienes?
-21
-Chido. A tu edad y haber logado amarlos a todos es El logro. Al menos uno de Esos logros de la existencia ¿no crees?
-Pues si ¿Voy por otra chela, no quieres una baby?
-No gracias, ya casi me voy. Pero, en serio ¿me vas a enseñar a amarlos a todos?
No respondió o tal vez no escuchó. La vi alejarse de espaldas dirigiéndose a otro sitio que no era la barra de bebidas. Se fue a sentarse junto a un tipo arrogantísimo al que la gente de aquí llama Nube (García). Me levanté, fui a la barra, pedí una Negra Modelo sin pagar un centavo por ella, la tomé sin prisas mientras veía a la jovencita estrafalaria bailar, la terminé y sin avisarle a nadie, me largué.

miércoles, 16 de julio de 2014

Un viejo despreciable



Permítame, señorita, decirle que es usted una perfecta estúpida. Ay, pero es que esos chicos sí son bien buena onda, y no son nada pasados. Siempre nos invitan todos los tragos y son bien buena gente. Señorita, usted será imbécil o, quizás, y disculpe la observación, usted es muy joven para darse cuenta de que esos desgraciados no buscan otra cosa más que deshonrarla y gozar con ello. Ay como crees, estás exagerando, tontín.
Jala más un par de tetas que dos carretas. Dos carretas, tanto el hombre como la mujer, y más bien los arrastra, y aún jalan más.  
Los jóvenes en este país de mierda no pueden tener relaciones sexuales si no se asemejan a una violación premeditada.
¿Y tú qué vas a hacer? Yo, señorita, me voy a dormir a mi casa, sólo y muy poco satisfecho, pero sólo al menos. ¿Usted? Ay, pues es que… ese chico es bien buena gente conmigo, y también sus amigos, eh. ¡Vente con nosotros!
Cuando salía del bar escuché que uno de los malandrines le preguntaba, ¿y ese viejo qué?... ¡Me lo puteo!

martes, 15 de julio de 2014

Algo más y Cohen

Hablaban de algo así como la resignación desesperada. No entendía muy bien qué estaba pasando, ponía atención, pero sin mucho éxito, no había nada de empatía, pero sin embargo todo estaba bien dentro de él.  Los dejó hablando y salió de casa. La noche era casi purpura, sin luz en la calle, disfrutaba los olores de la humedad. Sintió el cuerpo eléctrico. El pensamiento centrado en la miseria humana, en la destrucción de la civilización, en volver a empezar como especie.  La indiferencia disfrazada con un suspiro de miedo. Lo distrajo eso que va y regresa, la oscuridad. Ingresó a casa, un tipo colgaba de alguna de las paredes como si fuera una gran araña, le sonreía con malicia. El otro flotaba en medio de la habitación sosteniendo un libro, pensativo, meditando la lectura. Encendió un cigarrillo. El que colgaba bajó y fue rápidamente a su encuentro. La desesperación, dijo, resolver la desesperación de cada uno. Resignarte a la muerte, dijo quien meditaba. El romanticismo y el amor, no sirven para nada, te distraen, pensó. Salió al balcón, se recostó sobre el suelo, observando las estrellas. Otra vez esa tranquilidad invadió su mente. Cerró los ojos  y los colores iban y venían como si los rayos de luz fueran perceptibles y el arcoíris los formara.  En el estéreo se escuchaba: And we’re lonely and we’re romantic and the cider’s laced with acid and the Holy Spirit’s crying: where’s the beef?


sábado, 12 de julio de 2014

DF

1.- Inspiración.

Me despierta un chiflido que se va colando entre mis sueños, hasta que por fin me arranca de la cama. Me asomo y veo a Carlos parado viendo justo a mi ventana. Le aviento las llaves y sube. Trae cara de aftereado. Se pone a contarme que viene de una fiesta. Que hubo putazos y que se ligó a una vieja un ratito. Hasta que alguien más también se la ligo. Estaba tocando un wey que venía de Europa. Tec house y deep house. Como a mí no me gusta el house en particular, no me emociono, ni nada. Nada más le voy dando el avión un rato.
Pongo la cafetera y unos huevos a freír.  Carlos no come nada porque trae el estómago de piedra. “Muchas tachas”, dice viendo con culpa una bolsita con pastillas casi vacía.  La deja en la mesa y se va al baño. Me acabo los huevos y me pongo otro café. Hay un cigarro con hachís a medio fumar en el cenicero. Lo prendo y le doy algunas caladas. La verdad no es tan buen hachís. Me acuerdo que me quedé dormido anoche sintiéndome medio paranoico. Pero hoy es otro día, hasta ahora no hay paranoia ni  nada. Carlos sale del baño agarrándose la panza."Sobres wey ya me voy". Y se va así sin más.

Tengo mucha hueva y aburrimiento. Agarro la bolsita con tachas. Quedan como seis. Son de las de colores. ¿Sabes cuáles? La neta, no me gustan. Me gustan las de capsulita. De todas  formas me meto una a la boca. Y me la paso con el café. Hace un buen día hoy. La luz entra por la venta de la cocina y como que me recuerda a mi niñez. No sé. Algo.

Me meto a bañar sin disfrutarlo mucho porque no sirve el boiler. Me salgo en chinga, más despierto ahora sí. Me pongo pantalones de mezclilla, una playera de los Munster que tengo desde que tenía 18, me calzo unos addidas y salgo.  

Afuera la vida transcurre como siempre. Es sábado. Hay algunos transeúntes en mi calle pero no demasiado. Me siento bien porque no me siento paranoico ni nada. No como anoche, por lo menos. ¿Y quién era ese vecino que estuvo oyendo infomerciales toda la puta noche, con la puta televisión a todo puto volumen? Me caga. Me cagas vecino, quien quiera que seas.

Me subo en el micro de hotel de México y me bajo en insurgentes. Me subo al metrobus y me voy al norte hasta la estación de Revolución. Aquí me robaron la cartera una vez. De chavo. Me cruzo la calle y me adentro en los territorios de la colonia San Rafael. Necesito comprar mota y aquí vive uno de mis distribuidores favoritos. Una vieja mitad hippie, mitad religiosa, mitad bruja, mitad vecina chismosa de la colonia. Me está diciendo los últimos chismes de la vecindad mientras prende un chingo de inciensos y saca un cuarzo, pasa delante de san juditas y se persigna. “Por aquello de las malas vibras” dice y se sienta a mi lado, tan cerca que puedo oler que tiene una muela ya medio podrida y que se le puede caer en cualquier momento.

Me enseña una mota riquísima. Huele tan bien que me quedo un rato con la cara metida en la bolsa. Es como entrar en un bosque donde todo es perfecto. En el sentido ontológico, no en el teológico.
     
     Me llevo media onza para toda la semana. Va a venir una prima que se quiere quedar en la casa. A ella no le gusta la mariguana. Dice que le gustan las drogas fuertes. Dice que la mariguana le da chueco y que la pone mal. Yo la mariguana la necesito para aguantar toda su chachara incoherente. Horas y horas de balbucear.

Me voy y empiezo a caminar hacia el sur entre las calles, con paso rápido como el de un cadete. De pronto me siento como un cabo marchando entre el régimen. Demasiado derecho. Demasiado atento a lo que dice el general. De niño siempre quise ser soldado. Como Rambo o como Van Damme en soldado universal. Después me enteré que lo soldados tenían que hacer mucho ejercicio y me decepcioné. Nunca he sido mucho de deportes y esas cosas. No se me dan. Disfruto una buena plática de futbol. Incluso hasta le voy al cruz azul. Pero no puedo ver un partido completo en la tele y jugarlo se me hace totalmente una pérdida de tiempo.

De verdad que hace un día hermoso. La gente luce sonriente y contenta. Incluso yo mismo me siento con energía y feliz. Diría amoroso pero temo sonar medio puñal. Creo que esas tachas a fin de cuentas eran más mdma que speed barato. Tendré que agradecérselo a  Carlos cuando lo vuelva a ver.

Me encamino a mi casa en la Narvarte a pie y llego en 45 minutos. De verdad que estoy inspirado. Pero noto un pequeño bajón y mis dientes crujen con ansiedad.

Subo los escalones de dos en dos. Pongo el último lp de varios artistas de mad hop. La música con bajos muy profundos me hace sentir bien y hasta bailo un poco alrededor de la casa. Me sirvo un vasito de vino. Otra pastillita y ahora si no me aguanto. Mucha pila y poco que hacer. Muy bonito el día. De verdad. Muy bonito. Camino de un lado a otro, con el vaso en la mano. Se acaba la música y ahora lo pongo simplemente en shuffle. Me sirvo otro tinto. Me prendo un cigarro. Antes fumaba camel y ahora delicados con filtro, rojos. Ya no me gustan de otros. Quizá Alas. De repente. Otra vez un chiflido. Son Daniela y el Rojo. ¿Por qué nadie tocará el puto timbre? ¿En qué momento chiflar se convirtió en la primera puta opción?

Suben y escucho que van gritándose desde las escaleras. Malas vibras. Mierda. Entran con un six de indio de lata grande, lo cual es una buena idea porque el vino me empieza a dar acidez.  Abro una y me quedo viendo cómo se siguen gritando y mentando madres. Más Daniela que el Rojo pero da igual. ¿Para qué chingados vienen a mi casa a gritarse? Quizás es el tipo de gente que atraigo. Últimamente me he dado cuenta que siempre me hago amigo del wey más pedo de la fiesta. Al cabrón que ya nadie quiere cerca, a ese wey me le acerco a cotorrear.  Por eso ahora estoy sentado en un sillón, viendo como dos de mis mejores amigos se pelean. Alcanzo a escuchar algo que tiene que ver con celos, pero la verdad es que yo estoy ya muy lejos de ellos. Los veo mover la boca y agitar los brazos, mirarse con ojos de furia. Pero lo único que puedo escuchar son las notas profundas de Ta-Ku y sus cortes de voces aterciopeladas. Eso sí que inspira.
Me paso otra pastilla con la segunda cerveza y entonces todo comienza de verdad. Los amigos se van. Otros llegan. La música sigue sonando en mi cabeza o en la sala, la verdad es que no me doy cuenta. La gente habla demasiado, dice cosas irrelevantes que me entretienen mucho. Luego me suelto a hablar y no paro. Otro chiflido en la calle. Nadie nunca va a entender para qué es el timbre. Hoy es un día estupendo. No hay paranoia a la vista y no alcanzo a escuchar la televisión de ese vecino retrograda. En la sala las nubes de humo me hacen sentir en Jalapa, con toda esa neblina y toda esa gente hablando. Me prendo un delicado y hago mi contribución a la neblina tóxica de mi hogar. Cierro los ojos un momento. Nada más un momento.