Habían
pasado por lo menos un par de años sin que te viera, y un buen día, de pronto,
tocas a mi puerta. Luces como si el tiempo no hubiera pasado para ti, con el
cabello a la misma altura, vestida como aquella última vez, radiante, hermosa,
tal vez la mirada más profunda, más… enigmática. Antes de abrir la boca,
a lo mejor porque tardo en encontrar qué decir, entras a la casa, silenciosa
como siempre has sido.
Aquella
ocasión, esa última vez que te había visto, jamás la voy a olvidar. Ni al
desierto, ni a la noche, ni cómo mi mente me reveló aspectos del mundo que
nunca hubiera imaginado. Habían pasado 2 años ya, y puedo decirte que aquel día
marcó nuevas perspectivas en mi manera de vivir. Juré que no te volvería a
encontrar, pero ¡hete aquí!, como si nada hubiera pasado, como si todo lo
vivido hubiera sido un extraño sueño.
Entras
a la casa y tomas asiento. Al pasar a mi lado puedo percibir un aire lozano,
una ventisca que te sigue para mantenerte siempre fresca. Como aquella noche,
que en el desierto soplaba un viento agradable, regular, como si alguien
hubiera programado el clima y no hubiera posibilidad de variación alguna, y eso
me llamó mucho la atención, llevándome a creer, entregado al placer del pensamiento,
que nos encontrábamos en una zona mágica, un pedazo de tierra nunca antes
pisada, que esperaba gustosa nuestra presencia.
¿Qué
pasó? Pregunto, creyendo obvio a qué me refiero, pero tú sólo me miras, como
quien trata de enfocar la silueta de un cerro lejano. ¿Por qué te fuiste?
Estábamos tan a gusto acampando los dos solos en el desierto. No hay respuesta,
sólo una ligera sonrisa en tu rostro. Trato de reconstruir los hechos, pensando
que tal vez dejé escapar algo, una razón por la que te hubieras ido sin más,
abandonándome a mi suerte justo en medio de las alucinaciones que habíamos
buscado.
No
hay respuesta. No hay razón.
Cuando
desperté no te vi y esperé más de cuatro horas suponiendo que regresarías. Con
la angustia aún en las venas recogí las cosas que juntos habíamos llevado y me
lancé a trote rumbo a la carretera. Ahí, otras dos horas pasaron, hasta que una
camioneta me levantó para llevarme al pueblo más cercano.
El
cielo era hermoso, lo contemplé tumbado en la caja de la troca en la que iba.
La constelación de Virgo brillaba en lo alto, esa que tú me enseñaste a
identificar, con Spica resplandeciendo como nunca. Mi mente, aún
maleable, me decía sin justificación pero con certeza “ella está bien” y con
ese pensamiento, ciclándolo como un mantra de paz, pude tranquilizarme hasta
llegar a casa. Llegando me senté ahí, justo donde ahora estás, pensando que el
porqué de tu abandono algún día tendría respuesta. Supongo que ese día ha
llegado ¿no?. Sí, contestas, y el sonido de tu voz rompiendo el silencio hace
que dé un ligero paso hacia atrás. Te levantas y acercas tu rostro hacia el
mío, lentamente, dejando que el silencio vuelva a caer sobre nosotros como una
manta de seda. Nuestros labios se tocan, nuestras lenguas se buscan. Veo una
lluvia de estrellas en tus ojos, y al fondo, un venado en vuelto en llamas
cruza a trote el horizonte. Y de pronto, un repentino y fuerte mareo me quita
todas las fuerzas.
En
mi cuerpo puedo sentir un calor agradable. Es el calor del sol, sin lugar a
dudas. Siento que tus dedos, en tiernos movimientos, buscan mi mano. Es cuando
me doy cuenta que bajo nosotros hay piedras y arena y restos de huizaches
muertos. Qué bueno que venimos al desierto, pienso, mientras percibo un
agradable viento soplando a nuestro alrededor.
No hay comentarios:
Publicar un comentario