El patriotismo de la militancia política es tan parecido al
sentimiento de los conquistadores de América. Hacemos nuestra chingada gana en
nombre de la cruz y la santa inquisición. Desaparezcan a los indígenas, violen
a las mujeres, asesínenlas después, que no se mezcle nuestra sangre y enseñemos
a nuestros hijos que somos los escogidos para mandar en esta tierra. Hagámonos tan ricos como podamos, pasando por
encima de todo lo que tiene verdadero valor; cultura, arte, ritos y fiestas. En
busca del poder por el poder. Desde los que recogen las migajas dentro de esos
partidos políticos hasta los que se empoderan de puestos públicos, como si representaran
al Dios del partido y la santa ley. Intocables. Cultivando el desprecio y el
ninguneo. Con la más profunda
inmoralidad, sin ningún respeto por el humano, el hermano o cualquier tipo de
parentesco. Citando a Da Jandra “Como están las cosas es claro que los partidos
políticos son los mayores enemigos de la democracia” Y el rio de sangre que
nace en el manantial del modelo neoliberal alimentado del más voraz consumismo,
teñido del rojo de la sangre del mexicano indígena arrinconado, de mujeres ultrajadas.
Capaces de la más cruel tortura, rememorando los cientos de miles de
sacrificios aztecas, los cientos de miles de asesinatos cometidos por la espada
conquistadora, los cientos de miles de muertos a favor de una independencia
burguesa, los cientos de miles de muertos por la guerra de reforma que trae a
un indígena al poder, el cual olvida sus raíces. Los cientos de miles de
muertos por una revolución que acentúa la deslealtad de los grandes
involucrados en busca del poder. Y esos cientos de miles de muertos, siempre la
gran mayoría indígenas. Y la espiral kármica continúa. “El poder: es la gran
prostituta que todos desean y que nadie respeta”
viernes, 14 de noviembre de 2014
jueves, 6 de noviembre de 2014
BABES
No recuerdo bien ¿Cómo se llamaba? Al… Alm (¿?)… Alicia ¡Cierto!
Para qué me hago pendejo si aún la recuerdo perfectamente: su nombre, su cara,
su pelo, su ropa, su olor…
La memoria me lleva a 1995: tercero de secundaria, comenzaba
el ciclo escolar. Verano y las calles olían a humedad y lluvia. Alicia y yo ya éramos
amigos desde hacía año y medio. Nos atrajo la afinidad, la música, la aversión
hacia lo convencional. La atracción sólo se limitaba a la amistad y para mi
infortunio yo estaba encabronadamente enamorado de ella desde hacía varios meses
(aunque honestamente, desde la primera vez que la vi llegar al salón, dejar su
mochila, sacar sus lápices, acomodarse el cabello… ya me estaba enamorando).
A pesar de mis verdaderos sentimientos, no me atrevía a
decirle nada, externar mis emociones y declarar a voz abierta lo loco que
estaba por ella. Yo me caracterizaba por ser tímido y antisocial más todo el
cóctel psicológico que eso conlleva. Estaba consciente que Alicia tenía como pendejos
a no pocos compañeros del salón y de la escuela. Su cara no tenía error alguno,
parecía diseñada por una puta computadora que no tuviera otro programa más que el
de diseñar chicas perfectas. Me fascinaba el arete de su nariz, las pecas en
sus cachetes, sus mechones verde punketo mezclados con su pelo castaño claro, sus
piercings rodeándole las orejas. Yo, físicamente, era su antítesis. Me
conformaba con ser su amigo. A regañadientes me conformaba con ser su amigo.
Mi fantasía era poderosa. Cuando tenía tiempo y oportunidad
de ocio, creaba en mi mente historias relacionadas con el amor mutuo y bien correspondido:
Alicia y yo tomados de la mano recorriendo las calles de la ciudad, besándonos
tiernamente bajo la lluvia, ella pidiéndome que no la dejara, yo pateándole el
culo al gandalla (y al carita) del salón, yo defendiéndola, yo abrazándola entre
la multitud, yo amándola. Para recrear mejor estas escenas me dejaba viajar con
los Smiths y Radiohead. Alicia era Santa, Pura, Diosa. Mis fantasías podían
generarme alguna erección involuntaria, mas yo no quería relacionarla con el
erotismo ni el sexo, para eso estaba su hermana mayor: Gaby. Ella sí era la dueña
de mis chaquetas, de mis profundos pensamientos perversos, pornográficos. Y
como lo mencioné antes, además de mi poderosa fantasía, Gaby tenía unas tetas,
una cintura, un culo, una mirada… no necesitaba de revistas ni nada por el
estilo. Así de cachonda estaba Gaby.
Alicia era mi única amiga; de hecho era la única persona con
la que me comunicaba humanamente. Era mi refugio y yo el suyo. Solía ir mucho a
su casa después de la escuela. Casi nunca estaban sus papás. Gaby llegaba más
tarde de la prepa… acompañada.
Alicia y yo nos tumbábamos en su cama a fumar y escuchar
música. Se desahogaba de sus papás y de lo ausentes que eran, decía que eran
unos pendejos. A veces veíamos videos en MTV; nos fascinaban los de
Soundgarden, Tool, Smashing Pumpkings. Poníamos Pulp a todo volumen, hasta que
llegaba Gaby y nos pedía que no hiciéramos tanto puto escándalo. Yo flotaba
entre mares de serotonina y adrenalina hormonal de adolescente. Esa casa era el
paraíso. Las visitas no sólo me llenaban el alma con el encanto de Alicia,
estaba también la presencia sexosa de Gaby.
Había veces que Alicia me dejaba solo por algunos minutos en
su recámara: atendía llamadas, iba al baño, qué sé yo. Mientras, me quedaba en
silencio, estático, fascinado escuchando como del cuarto de Gaby se escapaban
los gemidos de ella al coger con el tipo, o los tipos, con los que llegaba por
la tarde después de la escuela.
Esto me daba material. Al llegar a mi casa corría al baño a
masturbarme.
Una tarde calurosa, de esas que sientes que todo está
permeado de sudor, fui como de costumbre a visitar a Alicia. A pesar de que
ella me había dicho que iba a estar ocupada haciendo otras cosas, quise caer
sin permiso. Se me hacía raro, siempre estaba disponible para mí. Primera señal
fuera de lo común: la puerta de la entrada de su casa estaba abierta. Entré sigiloso,
no quería que Gaby se encabronara conmigo. Subí las escaleras con la misma
precaución, doblé por el pasillo y oí unos gemidos… no eran los de Gaby. Me
tembló el corazón al acercarme a la puerta del cuarto de Alicia, caminé muy lentamente,
las manos me sudaban como nunca, descargas de adrenalina pura recorrían mis
nervios… Exploté por dentro en total silencio al ver la puerta abierta y encontrar
a Alicia en compañía del galancito del salón: Los dos se comían a besos. Alicia
metía mano en su pantalón y él le exprimía la teta con una mano y metía la otra
bajo su falda. Los mechones castaño claro con verde punketo de Alicia se
revolvían en el cuello del cabroncete este. La mano de Alicia se agitaba frenéticamente
dentro del pantalón del galancito del salón. La falda del uniforme de Alicia se subía y dejaba mostrar las manos ansiosas
de su compañero en busca de su vagina jugosa. Fajaban con tal calentura, con
tal entrega, con tal talento, que me quedé mirando por minutos enteros sin ser
detectado por ellos o por alguien más. Yo estaba hecho de drogas biológicas y
fluidos psicotrópicos naturales en implosión constante. No tenía mente. Mi
voluntad estaba atrapada en la contemplación de esa escena sexual. Después,
como látigo, corrí y me largué de ahí.
Llegué a mi casa mareado y con la garganta retorcida. No
había parpadeado, sentía que tenía los ojos del tamaño de media cara; aún poseía
las imágenes frescas –vivas- en la cabeza repitiéndose una y otra vez, una y
otra vez, una y otra vez… Fui a mi cuarto, me senté en la cama y las lágrimas
brotaron con naturalidad y libertad. No estaba llorando como comúnmente se
llora cuando se tiene el corazón roto. Era otra clase de llanto. Era una mezcla
de morbo, dolor y otras emociones indescifrables.
Desabroché mi pantalón, bajé el zipper, comencé a jalármela…
ya no pensé más en Gaby.
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