Saltó y ganó el rebote ofensivo. Juagaba en segunda división de la liga
municipal de la ciudad.
La altura promedio del jugador de básquet en Estados Unidos tal vez sea
un metro con noventa centímetros. En la zona bajío de México anda alrededor del
uno setenta. Él media uno ochenta y cinco. Altura suficiente para ser el poste
del equipo.
Tras recuperar el rebote, tomó impulso debajo del aro. Brincó en
diagonal ligeramente hacía el contrario que estaba detrás de él a su derecha.
Por reacción, el defensivo intentó tapar la pelota en el aire. Él escondió en
decimas de segundo el balón, generó el contacto. ¡Faul!, silbó el árbitro. Aún
en el aire, volvió alzar el balón y lo soltó hacía el tablero. ¡Y cuenta!,
gritó la banca.
Ritual de tiro libre: tres botes, medio giro, dedos sobre la línea del
balón, inclinación ligera del cuerpo, respiración profunda y exhalación
mientras libera el tiro. El mismo método desde primaria.
Noventa y cinco kilogramos de peso, lejos de su mejor momento físico.
Rodillera en cada pierna, faja para soportar la zona baja de la
espalda. En la selección de básquet, durante la prepa le decían
aire. De manos pequeñas, nunca pudo clavar la pelota.
Sin la habilidad de antes se motivaba en la defensa; empujones con el
contrario más corpulento, ganar la posición en la pintura, bajar los rebotes.
En su tiempo libre veía compilaciones en youtube de Dennis Rodman; el primer
jugador realmente enfocado a la defensa. Había juegos que aunque tuviera la
bandeja para encestar prefería pasarla, solo para que sus números reflejaran el
tamaño de defensa que era, además del conocidísimo freak.
Nueve de la noche en el deportivo el hoyo, un inmenso agujero a media
avenida que dejó la explotación de un banco de arena. El municipio
en su infinito oportunismo político-social aprovechó para crear un deportivo de
pésimas instalaciones, mal iluminado con un acceso
peligroso a media curva y dónde más de una violación ha ocurrido y no, precisamente, por dar tres pasos al levantar el drible
colando hacía el tablero.
Dos lámparas grandes alumbran deficientemente la cancha (él cree que le da un toque nostálgico al lugar).
Dependiendo dónde estés, atrapar un pase se vuelve una combinación de
destreza visual y reacción nuero-motora. Los
árbitros desarrollan visión nocturna. Los reclamos son constantes por faules
inexistentes o por faltas no marcadas.
Tiró la pelota esperando que cayera la jugada de tres puntos. La
parábola se extiende en altura, porque el aro está ligeramente inclinado hacia
arriba. No cayó el tiro libre. El equipo contrario recuperó el balón. ¡Tiempo
fuera!
El partido se está acabando, van abajo nueve puntos y queda minuto y
medio. No hay razón para pedir tiempo fuera, al menos que alguno lazara tan
preciso como Curry -actual Most Valuable Player de la NBA- pero es parte del
juego pedir todos los tiempos fuera que permite el reglamento. Discutir cómo va
el juego, a quién hay que agarrar con marca personal, quién tira de tres, no
perder el balón con pases torpes. ¿En qué momento generaron esa ventaja y por
qué? Eso se quiere averiguar. Siempre hay quién reclama la última juagada; no
metiste el tiro libre y ya llevas varios fallados, estaríamos con mejores
posibilidades de ganar, ¡puta madre! Todos jugamos a ganar. A ganar algo.
Reinicia el juego, el equipo defiende en personal por primera vez en el
partido. ¿Quién marca a quien? Se confunden y dejan sólo a un jugador, encesta
la canasta. Al ataque, el balón se pierde por un pase apresurado en un corte
hacía la pintura, caen otros dos puntos en contragolpe. Ya con el tiempo encima
forzan un tiro de tres, fallan y termina el juego.
Saludo deportivo de jugadores y árbitros. Todo se olvida ahí; mentadas
de madre, ganas de pelea, codazos y todo tipo de soberbia.
Cooperación para pagar tres árbitros, ciento ochenta pesos por
equipo.
De regreso a casa, cansado y adolorido toma agua y recuerda las jugadas.
Con dificultad se quita tenis, calcetines, rodilleras y faja. Saca el ungüento
del cajón y se lo unta en pies, rodillas, hombros y espalda.
Ese deportivo oscuro, esa liga mediocre, ese árbitro indeciso y mal pagado, logran un sentimiento de pertenencia.
Se siente bien.
"es sólo un juego, pero es el único juego" -DeLillo
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