Regresamos al hotel donde se hospedaba ella y sus
papás. Quince de septiembre, día del
grito. Borrachos, dieciocho años, con las hormonas rebotando en todo el cuerpo. Decidimos no ir al cuarto de sus papás y en
lugar de eso; meternos al baño de mujeres de la recepción. Excitado, manoseándola
por todas partes, besándola, lamiéndola.
Acabamos en el suelo, desprendiéndonos de nuestros pantalones a punto de la
penetración. Entra alguien al baño, son unos tacones, los podemos ver por
debajo del privado al que nos habíamos metido. Se detiene justo en nuestra puerta y toca. Pronuncia
el nombre de ella, era su mamá. Ya voy, contesta ella. Nos incorporamos
nerviosos y nos acomodamos lo mejor que pudimos la ropa, abrimos la puerta. ¡Hay un hombre en el baño
de mujeres! gritó la mamá, en varias ocasiones. Salí a paso veloz del baño y
del hotel. Ella me siguió, tomamos un taxi y nos fuimos de ahí. ¡Vaya día del
grito! dijo ella, y reímos.
lunes, 26 de enero de 2015
martes, 13 de enero de 2015
Ascención
La yurta en la que el
muchacho se encontraba tenía más de seis metros de altura y alrededor de diez
de diámetro. En el centro de ésta, desde la primera noche, había un abedul que,
despojado de sus ramas y con nueve cortes horizontales, formaba una escalera
que llegaba hasta el orificio central del techo, por donde se podía ver que escapaba
el humo de la fogata frente a la cual el chamán ahumaba su tamboril por tercera
vez. Todo olía a hierbas, en una
espesura que colmaba dulcemente los pulmones del neófito, llevándolo a un
estado de relajación, sí, pero también de una atención tal que parecía que, a
pesar de aquel aire, se había olvidado de parpadear.
En la segunda noche el
chamán había ordenado que le trajeran un caballo blanco, que hermoso y sereno
había entrado a la yurta, con una parsimonia que había fascinado al muchacho.
Muerto ahora frente a sus pies, aquel majestuoso animal había cobrado una belleza
diferente, tal vez era, pensó el muchacho, el digno final al que se le había
encausado, sobre todo para él, pues fue él quien había solicitado que se
realizara con urgencia el ceremonial.
Muerto el caballo,
consagrado el tamboril e inmersos completamente en la tercer noche, los cantos
a Merkyut, el pájaro del cielo, se empezaron a elevar para llamarlo. Las voces
de los 13 presentes en la yurta – el séquito del chamán - creaban un efecto
hipnótico en la mente del neófito. Cantos ancestrales, melodías míticas de una cultura casi olvidada, oraciones mágicas que abrirían las puertas del cielo para que el chamán
extrajera de él, el conocimiento que el muchacho necesitaba para salvar la vida
de su madre, víctima de una enfermedad desconocida.
La urgencia de ello se
apoderó de pronto de su mente, arrebatándole la calma y desatando una ansiedad
a la que, parecía, lo obligaba la exclusiva contemplación de los hechos. Era la
vida de su madre la que estaba en juego, ¿Qué no lo entendían estos extraños?
¿Tenían que pasar forzosamente tres noches? Se sintió mareado, le parecieron
absurdos los cantos que lo rodeaban, el aire se volvió más y más espeso, el
cadáver de aquel animal inerte a sus pies, le pareció repugnante. Estaba a
punto de desvanecerse, cuando vio que del orificio central del techo, la
silueta de una enorme ave aparecía. Era Merkyut, descendiendo en círculos hasta
posarse en el hombro derecho del sacerdote. Era el pájaro del cielo, que
aparecía para renovarle las fuerzas y la esperanza y la fe y la alegría.
El muchacho se unió
entonces a los cantos, que parecieron aumentar su volumen conforme el chamán
intensificaba el trance por el cual recibía los poderes de Merkyut: estaba
listo para la ascensión. De pronto firme, con una inmovilidad tal que el
muchacho pensó que su mente, también en trance, le había congelado la realidad,
el sacerdote de la tribu contempló, durante varios minutos el abedul en el
centro de la yurta. Luego lentamente pero con decisión, caminó hacia él, y justo
cuando sus manos se posaron sobre el tronco del árbol, al muchacho le pareció
que una onda de energía brotaba del centro de éste, golpeando contra su pecho,
golpeando todo lo que había en el valle y silenciando el canto de los insectos. Fue
entonces que el chamán empezó a trepar por las muescas del árbol ceremonial,
simbolizando para todos, la penetración en los nueve cielos, y describiendo
para su auditorio, paisajes del cosmos al que sólo algunos elegidos tienen
acceso. El muchacho lo sabía, y boquiabierto, contemplaba al heroico chamán
revelando un conocimiento que de otra manera al él no hubiera llegado nunca.
En el sexto escalón se
veneró a la luna, en el séptimo al sol, en el octavo a las estrellas fijas, y
finalmente en el noveno el chamán se detuvo en silencio para prosternarse ante Bai-Ulgen, el dios supremo, quien
conmovido por los cantos y el sacrificio, reveló a la mente del sacerdote, el
conocimiento por el que fue invocado.
Desde el punto más alto de la yurta, el
chamán recitó al muchacho, con una voz que no era la suya, los ingredientes
para una infusión que curaría a su madre, antes de desplomarse, extenuado, en
el suelo.
Seis pieles de oso y
un collar con cuentas doradas dejó el muchacho a los pies del chamán, atendido
ya por su séquito, y echó a correr a donde sabía, hallaría los ingredientes. Al
séptimo paso que dio, escuchó la voz del chamán en su mente: date prisa, que
Bai-Ulgen está llamando el alma de tu madre. Un horrible presagio recorrió como
hielo su espalda, haciéndolo acelerar el paso, secarse las lágrimas y desear que
no fuera demasiado tarde.
miércoles, 7 de enero de 2015
Los ojos y el cuchillo
Abrió el cajón de los cubiertos y agarró el cuchillo lleno
de ansía, sabiendo lo filoso que es. Cerró los ojos fuertemente esperando que
el ansia desapareciera, no lo hizo. Con
la mano temblorosa y sin mirar el cuchillo cortó el limón y aventó el cuchillo
al fregadero, cerró los ojos fuertemente y se los rascó con los dedos de la mano. Puta madre, se dijo así mismo. Su
mente confundida, pero excitada por aquella ansia que no se explicaba. Su
cuerpo débil, tembloroso y con dolores. Sabía muy bien que todo lo que estaba
viviendo era gracias a la cantidad de alcohol ingerida la noche anterior. En su
mente la portada de Un Chein Andalou.
Puta madre, hizo
cuentas. Llevo al menos catorce horas sin tomar. En algún lugar había leído que
lo peor de la cruda viene justamente a las catorce horas. Aunque también había
leído que no, que puede ser a los dos o tres días de haber bebido, pero qué
cantidades de alcohol y por cuánto tiempo hay que beber para que te venga un
rebote a los dos, tres días. La fiebre blanca, se dijo así mismo, ¿podré yo
llegar a esos grados de alucín? El ansia con los filos y sus ojos no cesaban ni
viendo la televisión ni tomando té ni siquiera en total oscuridad con los ojos cerrados, ¡qué
desesperación! Todo esto, por cuánto, se preguntó. Por alrededor de doce horas
de fiesta continua; apenas había fumado
algo de marihuana durante esas horas de fiesta, el contacto que tuvo con alguna
mujer no contaba como sexo, la plática tuvo sus momentos pero decayó. Puro
alcohol sin drogas fuertes ni blandas ni sexo.
Y lo peor es que dentro de él, a alguien le daba gracia la situación y
ese alguien sabía que no era ni la primera ni la última vez que pasaría por
algo como eso, tan cotidiano se había vuelto.
La cruda acida, se decía a sí mismo. Estaba seguro que este
tipo de crudas habían empezado después de tomar ácido durante algún amanecer,
borracho en la adolescencia. Alguna ventana dentro de su psique se había
abierto y nunca se cerraría. Regresó por su mezcla de doritos con limón y mucha
salsa valentina negra, eso era algo que podía disfrutar inclusive en estos
momentos y un vaso de coca-cola. Lo estimulaba tanto aquella mezcla química de
picor con masa que pensó en prender un cigarro. No lo hizo.
Sabía que esa noche no dormiría ni un poco y que sudaría
durante toda la noche. ¿Masturbarse? No tenía imaginación para hacerlo. ¿Leer?
Ni pensarlo. Alguna película en la televisión y arrullarse lo mejor que pudiera
y tal vez poner otra y otra más y esperar el amanecer y empezar un lunes de esa
manera. Puta madre, solo de pensarlo. Pero, te encanta, se dijo a sí mismo en
tono regañón.
Tirado en aquella cama, con la televisión encendida viendo
alguna película de Miyazaki. Sudando la cruda. Imaginándose sus ojos siendo
cortados por el destino, hasta concebir el sueño, como si estuviera dentro de
alguna película donde la vida, la muerte, el sueño y la alucinación se mezclan
tan bien como los doritos, el limón y la salsa valentina.
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