sábado, 25 de julio de 2015

De yogurt y otras banalidades (DF 4)


   Salí de trabajar a las ocho de la noche. A las diez, cuando llegué a la casa de ustedes, mi mujer no estaba, su ropa no estaba, ni tampoco sus zapatos.

   Tres noches atrás me dio algo, no sé qué, pero me puse a contar sus zapatos, por pares. Primero los saqué todos afuera de su closet, después los puse en hileras y los conté. Eran treinta seis. Pares por supuesto. Yo tenía unos zapatos negros para el trabajo y un par tenis que usaba los fines de semana. Y ya. Eso era todo lo que yo tenía.
    
   Esa misma noche se lo conté. Le dije: “tú tienes treinta y seis pares de zapatos y yo nada más tengo dos.” Se quedó callada, mirándome justo a los ojos, clavándome la mirada como si quisiera que a través de ella yo adivinara todo lo que estaba pensando. Pero nada más le aguanté la mirada unos segundos y después seguí cenando los chilaquiles verdes que acaba de guisar, con crema y cebolla y queso rallado, cómo me gustan.
    
   Ella se levantó y dejó su plato intacto sobre la mesa. Se metió un rato al baño en lo que yo acababa de cenar. Cuando terminé puse mi plato en el fregadero y me senté a fumar en el sillón de la sala. Ella salió del baño y sin decir nada se metió al cuarto y cerró la puerta. Yo supuse que estaría contando todos los zapatos que tenía. Me la imaginé sacándolos del closet y poniéndolos en hilera, tal como yo le había hecho. Prendí la tele y me puse a ver una película que apenas empezaba.

   Era viernes y los viernes en la noche siempre pasan las mejores películas. Esta vez pusieron una del 007. No de las viejitas sino de las últimas, donde James Bond es un alcohólico que le tiembla la mano y no puede disparar bien. Me cayó muy bien ese Bond, lo entendí a la perfección. ¿Cómo esperaban sus jefes que después de una vida de tomar bebidas elegantes con mujeres elegantes no acabara alcohólico y tembloroso?
    
   Al tercer anuncio me paré a servirme un vaso de coca cola con hielos. Como era viernes agarre el vaso grande, el que le dieron a mi sobrino en el cine cuando lo llevamos a ver la de los Avengers. Es un vaso bien grande que tiene dibujados a los super héroes estos en pose como de acción, nada más que ya se les están borrando las caras un poco. Y mientras me servía la coca me imaginé mi cara ahí, en el cuerpo de uno de esos super héroes, preocupado por salvar al mundo y todo eso, agarrando un martillo gigante.
   
    Mi mujer todavía no salía del cuarto. Pensé que a lo mejor y todavía estaba contando los zapatos, o a lo mejor ya no. Su plato de chilaquiles seguía en la mesa, lo agarre y me lo llevé a la tele con un pedazo de bolillo. Los chilaquiles me habían quedado muy buenos y no estaban como para desperdiciarse. Mientras me los comía, James Bond estaba en una misión que iba en contra de los principios de su país, todo mundo lo quería matar. Cuando me acabé los chilaquiles me prendí un cigarro. Fue entonces que mi mujer salió del cuarto. Me quedé viendo como salía y pasaba de largo por la sala hacia la puerta.

   “¿Adónde vas?”, le pregunté cuando estaba abriendo la puerta.

   “Con mi hermana” dijo y cerró la puerta. “¡Pasa por una coca de regreso!”, le grité pero lo más seguro fue que no me escuchó.
   
    Después de la de James Bond me quedé sentado un rato más viendo los anuncios, que siempre duran más entre película y película. De repente pasaron uno en que hay una mujer que está preparando el desayuno, su esposo está durmiendo y también el hijo y la hija. Se nota que es fin de semana porque hay mucha luz y todos siguen durmiendo. Entonces la mujer destapa un bote de yogurt grande y cuando lo destapa toda la familia se despierta y bajan corriendo, en piyama y muy bien peinados, a desayunar. También baja un perro Golden que antes no había aparecido. Y se sientan todos, menos el perro, a la mesa y se sirven yogurt en diferentes presentaciones. El papá es el único que se sirve yogurt sólo. Y ahí acaba, eso es todo. Pero por alguna razón me dio un ataque de risa como hace muchos años no me daban, de esos que te doblan y te tiran del sillón, y por más que quieres no puedes parar y sigues y sigues riéndote hasta que ya no es tan agradable, y te sigues riendo y te duele la panza y las costillas y se te escurren las lágrimas por la cara. Cuando por fin pude parar, me quedé en el suelo tirado boca arriba un rato, descansando la espalda, viendo las manchas de humedad en el techo. Después cerré los ojos y me quedé dormido.

   En la mañana cuando desperté me dolía todo el cuerpo. Mi mujer no estaba. Supuse que se habría quedado a dormir en casa de su hermana que vive tres calles atrás de la de nosotros. Me paré y me asomé al refrigerador para ver si teníamos yogurt, pero no había nada. Me metí a bañar, me puse unos shorts, una playera y mis tenis. Luego salí a comprar yogurt.

   El día estaba hermoso, el cielo azul y despejado. Me fui caminando hasta el walmart y compré dos botes de yogurt grandes. En el camino de regreso pasé por casa de mi cuñada. Cuando toqué salió mi cuñado con cara de pena.

   “Ahora si la cagastes” me dijo sin mirarme a los ojos, agachando la cabeza como si buscara en suelo las palabras adecuadas. “No sé qué le hicistes, pero ahora si está bien encabronada.”

   De repente me sentí cansado, muy cansado. Me volvió a doler la espalda de haberme dormido en el suelo toda la noche. Le di un bote de yogurt a mi cuñado y me fui para mi casa  que es la de ustedes. En la calle ya había niños jugando y gente hablando, señores lavando sus coches y señoras tendiendo su ropa. Y de repente me acordé otra vez del comercial del yogurt, de cómo se veían bien felices todos desayunando, sirviéndose yogurt. Luego me acordé de James Bond, viejo, alcohólico y tembloroso y de cómo todos lo querían matar. Entonces me di cuenta de que no me importaba si mi esposa regresaba a la casa o no.

    Me senté en la banqueta y destapé el yogurt. Le di dos tragos pero estaba asqueroso y lo tiré. Una señora que pasaba por ahí se me quedó viendo y yo le aguanté la mirada todo el tiempo. Luego me prendí un cigarro. Unos niños jugaban futbol en la esquina. Había dos que no lo hacían nada mal. 

martes, 21 de julio de 2015

¿Coito? Mejor hablemos del chapo.

Sentado en el bar con la cerveza en la mano, veía a la chica, la cita de la noche, regresar del baño. Ligeramente ebria se sentó en la mesa y le dijo: me encantan tus ojos, eres tan tierno. Él sonrío. Tú también me gustas, le dijo, le acarició la pierna, tomó su cerveza y le dio un trago. Estoy muy contenta contigo dijo ella, a lo que él respondió nuevamente con una sonrisa.

De regreso al tema de conversación, dijo ella, cada quien tiene que poner su granito de arena en esta mierda de sociedad que tenemos. Por eso me siento bien ayudando en lo que puedo dentro de la organización y tú sabes, es una organización que ayuda al migrante. Sabes lo que sufre el migrante pasando por nuestras tierras, no sé cuál sea el porcentaje de centroamericanos muertos por intentar cruzar la frontera sur de México y después recorrer el largo trayecto sobre la bestia, el tren que va de sur a norte por todo el país. 

Creo que al menos 6 de cada 10 personas muere o son coaptados por el crimen, como sexo servidoras, sicarios, halcones o alguna función impuesta dentro de la célula criminal. Muchos también muertos en fosas clandestinas, de esas que se la pasan encontrando por todos lados, llenas de cadáveres desconocidos, sin rastro, sin nombre. O caen del tren y con suerte mueren, o son amputados de algún brazo, pierna, dedo, ojo en algún pinche hospital insalubre, por algún médico pedo y son deportados de regreso a casa, a la mierda de situación de la que huían.

La vida se define tal vez como la más atroz, cruel y sanguinaria tragedia.  Algunos terminan cruzando como mulas, llevando algo de droga con ellos. Creo que éstos son los que mejor suerte tienen, ya que si logran cruzar la droga, del otro lado se hacen cargo de ellos y los trasladan directamente a donde van.  A reunirse con ese familiar o con ese amigo que los espera en Estados Unidos para realizar el sueño americano. ¡Vaya sueño! concluyó ella.

Sin duda el sistema es una gran porquería, contesto él y volvió a acariciar su pierna. Como diciéndole aquí estoy, te escucho, pero también quiero que sientas que te estoy tocando y que esta cita puede acabar muy bien. Conmigo arriba de ti, penetrándote, como animales que somos, disfrutándonos, satisfaciendo nuestra necesidad carnal. En ese momento no vas recordar al migrante o sus fosas y me vas a pedir que lo haga más rápido y más fuerte. En qué piensas, lo interrumpió ella, derrepente te quedaste pensativo. Solo pienso que eres tan bella por dentro y por fuera y meditabundo intento sonreír.

En realidad sus últimas experiencias en la cama había sido más bien psicóticas, el momento de coger confuso, como no saber bien si estas actuando, pensando en pendejadas, mientras te concentras en venirte. Cambias de posición y con suerte el miembro se mantiene erecto continuas con el coito, respiraciones, pensamientos van y vienen ¿qué tengo que hacer mañana? Tengo que lavar los trastes ¿pagar la luz?, no, ya la pague, ¡tengo que venirme! Dos de las últimas tres veces que había cogido no había terminado y la señorita se había incomodado aunque ella si había alcanzado el orgasmo, al menos eso le dijo.

¿Por qué se molestarán las mujeres por qué uno no se viene? Concluyó su con su pensamiento y prefirió retirar la mano del muslo de ella y preguntarle sobre el chapo. ¿Qué piensas del escape del chapo?  

miércoles, 1 de julio de 2015

¿Qué edad tienes, de verdad?



Wey, ¿tú qué edad tienes? me preguntó Esteban, el gringo, sin yo aún saber quién era él —no que después haya sabido mucho más de él… su nombre, sí, su chica, también, pero no mucho más. Tengo 30 años, le respondí, no muy seguro si me respuesta era la que se requería o si era el tipo de información que se tiene que guardar para aventarla al final de la noche, o guardarla para otro día más soleado.
¿Y tú qué haces?, me volvió a socretizar Esteban. Me hice rependejo, pero su novia, que se acababa de sentar en la banca —sin gracia ni decoro, cabe decir, y cabe porque nada de lo que me mostró cuando abrió las piernas para sentarse me apeteció— me llamó por mi nombre, o casi: “sí es cierto, qué haces tú, Chimo, se me olvida… perdón estoy bien peda, ja ja”.
Ja ja ja, de hecho. Ja ja, ciertamente, quise decirle: mira, no me llamo así, pero preferiría hablar de otra cosa, si se puede.
Ojalá le hubiera dicho eso.
Pero no, Esteban no me dejaba, y sus amigos, entre más me hacía pendejo, más se interesaban. “Tienes una barba bien bonita”, me dijo un cabrón que por su acento no podría ser otra cosa que un wey de la frontera americana. Te doy un beso si quieres, pensé. Pero igual, ojalá lo hubiera dicho: el pendejo no podía ser más violencia-gay-aunque-YO: te-ruego que me-cojas.
Pues juego, les dije.
Mala idea.
¿Y a qué juegas, Chimo?
Mierda, ese no es mi nombre:
A romperte la madre, a jugar con y restregar tu cara en el pavimento duro.
Les dije que no quería hablar más. Les dije, estoy pacheco, déjenme en paz. Esteban me había dado un poco de su mota.
Me levanté, dejé un billete que valía más que las 2 (¿3, 5, 8, 13?) que creía eran mis cervezas tomadas, y me fui.
Caminé como pude a casa, aunque antes me encontré con una batalla inesperada a la kill bill con Ruby, el hermano de Esteban (pincho gringo mal-pedo) y llegué.
[No siempre la historia que te cuentan tiene un final. Ni tampoco, para ustedes, juiciosos, tiene un final sangriento, o sexual.
Pero: si lo necesitan, sí,] terminé en la cama, con un labio partido, probablemente una costilla herida, y un ojo morado. Pero me cogí a Ruby, el hermano de Esteban, y a la chica de éste último,  Polette, quien me preguntó al día siguiente, mientras preparaba unas margaritas en mi licuadora:
¿De verdad tienes 30 años?