miércoles, 1 de julio de 2015

¿Qué edad tienes, de verdad?



Wey, ¿tú qué edad tienes? me preguntó Esteban, el gringo, sin yo aún saber quién era él —no que después haya sabido mucho más de él… su nombre, sí, su chica, también, pero no mucho más. Tengo 30 años, le respondí, no muy seguro si me respuesta era la que se requería o si era el tipo de información que se tiene que guardar para aventarla al final de la noche, o guardarla para otro día más soleado.
¿Y tú qué haces?, me volvió a socretizar Esteban. Me hice rependejo, pero su novia, que se acababa de sentar en la banca —sin gracia ni decoro, cabe decir, y cabe porque nada de lo que me mostró cuando abrió las piernas para sentarse me apeteció— me llamó por mi nombre, o casi: “sí es cierto, qué haces tú, Chimo, se me olvida… perdón estoy bien peda, ja ja”.
Ja ja ja, de hecho. Ja ja, ciertamente, quise decirle: mira, no me llamo así, pero preferiría hablar de otra cosa, si se puede.
Ojalá le hubiera dicho eso.
Pero no, Esteban no me dejaba, y sus amigos, entre más me hacía pendejo, más se interesaban. “Tienes una barba bien bonita”, me dijo un cabrón que por su acento no podría ser otra cosa que un wey de la frontera americana. Te doy un beso si quieres, pensé. Pero igual, ojalá lo hubiera dicho: el pendejo no podía ser más violencia-gay-aunque-YO: te-ruego que me-cojas.
Pues juego, les dije.
Mala idea.
¿Y a qué juegas, Chimo?
Mierda, ese no es mi nombre:
A romperte la madre, a jugar con y restregar tu cara en el pavimento duro.
Les dije que no quería hablar más. Les dije, estoy pacheco, déjenme en paz. Esteban me había dado un poco de su mota.
Me levanté, dejé un billete que valía más que las 2 (¿3, 5, 8, 13?) que creía eran mis cervezas tomadas, y me fui.
Caminé como pude a casa, aunque antes me encontré con una batalla inesperada a la kill bill con Ruby, el hermano de Esteban (pincho gringo mal-pedo) y llegué.
[No siempre la historia que te cuentan tiene un final. Ni tampoco, para ustedes, juiciosos, tiene un final sangriento, o sexual.
Pero: si lo necesitan, sí,] terminé en la cama, con un labio partido, probablemente una costilla herida, y un ojo morado. Pero me cogí a Ruby, el hermano de Esteban, y a la chica de éste último,  Polette, quien me preguntó al día siguiente, mientras preparaba unas margaritas en mi licuadora:
¿De verdad tienes 30 años?  

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