Salí de trabajar a las ocho de la noche. A las diez, cuando
llegué a la casa de ustedes, mi mujer no estaba, su ropa no estaba, ni tampoco sus
zapatos.
Tres noches atrás me dio algo, no sé qué, pero me puse a
contar sus zapatos, por pares. Primero los saqué todos afuera de su closet,
después los puse en hileras y los conté. Eran treinta seis. Pares por supuesto.
Yo tenía unos zapatos negros para el trabajo y un par tenis que usaba los fines
de semana. Y ya. Eso era todo lo que yo tenía.
Esa misma noche se lo conté. Le dije: “tú tienes treinta y
seis pares de zapatos y yo nada más tengo dos.” Se quedó callada, mirándome
justo a los ojos, clavándome la mirada como si quisiera que a través de ella yo
adivinara todo lo que estaba pensando. Pero nada más le aguanté la mirada unos
segundos y después seguí cenando los chilaquiles verdes que acaba de guisar,
con crema y cebolla y queso rallado, cómo me gustan.
Ella se levantó y dejó su plato intacto sobre la mesa. Se metió
un rato al baño en lo que yo acababa de cenar. Cuando terminé puse mi plato en
el fregadero y me senté a fumar en el sillón de la sala. Ella salió del baño y
sin decir nada se metió al cuarto y cerró la puerta. Yo supuse que estaría
contando todos los zapatos que tenía. Me la imaginé sacándolos del closet y
poniéndolos en hilera, tal como yo le había hecho. Prendí la tele y me puse a
ver una película que apenas empezaba.
Era viernes y los viernes en la noche siempre pasan las mejores películas. Esta vez pusieron una del 007. No de las viejitas sino de las últimas, donde James Bond es un alcohólico que le tiembla la mano y no puede disparar bien. Me cayó muy bien ese Bond, lo entendí a la perfección. ¿Cómo esperaban sus jefes que después de una vida de tomar bebidas elegantes con mujeres elegantes no acabara alcohólico y tembloroso?
Al tercer anuncio me paré a servirme un vaso de coca
cola con hielos. Como era viernes agarre el vaso grande, el que le dieron a mi
sobrino en el cine cuando lo llevamos a ver la de los Avengers. Es un vaso bien
grande que tiene dibujados a los super héroes estos en pose como de acción,
nada más que ya se les están borrando las caras un poco. Y mientras me servía
la coca me imaginé mi cara ahí, en el cuerpo de uno de esos super héroes,
preocupado por salvar al mundo y todo eso, agarrando un martillo gigante.
Mi mujer todavía no salía del cuarto. Pensé que a lo mejor y
todavía estaba contando los zapatos, o a lo mejor ya no. Su plato de
chilaquiles seguía en la mesa, lo agarre y me lo llevé a la tele con un pedazo
de bolillo. Los chilaquiles me habían quedado muy buenos y no estaban como para
desperdiciarse. Mientras me los comía, James Bond estaba en una misión que iba
en contra de los principios de su país, todo mundo lo quería matar. Cuando me
acabé los chilaquiles me prendí un cigarro. Fue entonces que mi mujer salió del
cuarto. Me quedé viendo como salía y pasaba de largo por la sala hacia la
puerta.
“¿Adónde vas?”, le pregunté cuando estaba abriendo la
puerta.
“Con mi hermana” dijo y cerró la puerta. “¡Pasa por una coca
de regreso!”, le grité pero lo más seguro fue que no me escuchó.
Después de la de James Bond me quedé sentado un rato más
viendo los anuncios, que siempre duran más entre película y película. De repente
pasaron uno en que hay una mujer que está preparando el desayuno, su esposo
está durmiendo y también el hijo y la hija. Se nota que es fin de semana porque
hay mucha luz y todos siguen durmiendo. Entonces la mujer destapa un bote de
yogurt grande y cuando lo destapa toda la familia se despierta y bajan
corriendo, en piyama y muy bien peinados, a desayunar. También baja un perro
Golden que antes no había aparecido. Y se sientan todos, menos el perro, a la
mesa y se sirven yogurt en diferentes presentaciones. El papá es el único que se sirve yogurt sólo. Y ahí acaba, eso es todo. Pero por alguna razón me dio un
ataque de risa como hace muchos años no me daban, de esos que te doblan y te
tiran del sillón, y por más que quieres no puedes parar y sigues y sigues riéndote
hasta que ya no es tan agradable, y te sigues riendo y te duele la panza y las
costillas y se te escurren las lágrimas por la cara. Cuando por fin pude
parar, me quedé en el suelo tirado boca arriba un rato, descansando la espalda,
viendo las manchas de humedad en el techo. Después cerré los ojos y me quedé
dormido.
En la mañana cuando desperté me dolía todo el cuerpo. Mi
mujer no estaba. Supuse que se habría quedado a dormir en casa de su hermana
que vive tres calles atrás de la de nosotros. Me paré y me asomé al refrigerador
para ver si teníamos yogurt, pero no había nada. Me metí a bañar, me puse unos
shorts, una playera y mis tenis. Luego salí a comprar yogurt.
El día estaba hermoso, el cielo azul y despejado. Me fui
caminando hasta el walmart y compré dos botes de yogurt grandes. En el
camino de regreso pasé por casa de mi cuñada. Cuando toqué salió mi cuñado con
cara de pena.
“Ahora si la cagastes” me dijo sin mirarme a los ojos,
agachando la cabeza como si buscara en suelo las palabras adecuadas. “No sé qué
le hicistes, pero ahora si está bien encabronada.”
De repente me sentí cansado, muy cansado. Me volvió a doler
la espalda de haberme dormido en el suelo toda la noche. Le di un bote de yogurt a
mi cuñado y me fui para mi casa que es la de ustedes. En la calle ya había niños jugando
y gente hablando, señores lavando sus coches y señoras tendiendo su ropa. Y de
repente me acordé otra vez del comercial del yogurt, de cómo se veían bien
felices todos desayunando, sirviéndose yogurt. Luego me acordé de James Bond,
viejo, alcohólico y tembloroso y de cómo todos lo querían matar. Entonces me di
cuenta de que no me importaba si mi esposa regresaba a la casa o no.
Me senté en la banqueta y destapé el yogurt. Le di dos
tragos pero estaba asqueroso y lo tiré. Una señora que pasaba por ahí se me
quedó viendo y yo le aguanté la mirada todo el tiempo. Luego me prendí un
cigarro. Unos niños jugaban futbol en la esquina. Había dos que no lo hacían
nada mal.
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