1.- Inspiración.
Me despierta
un chiflido que se va colando entre mis sueños, hasta que por fin me arranca de
la cama. Me asomo y veo a Carlos parado viendo justo a mi ventana. Le aviento
las llaves y sube. Trae cara de aftereado. Se pone a contarme que viene de una
fiesta. Que hubo putazos y que se ligó a una vieja un ratito. Hasta que alguien más también
se la ligo. Estaba tocando un wey que venía de Europa. Tec house
y deep house. Como a mí no me gusta el house en particular,
no me emociono, ni nada. Nada más le voy dando el avión un rato.
Pongo la
cafetera y unos huevos a freír. Carlos
no come nada porque trae el estómago de piedra. “Muchas tachas”, dice viendo
con culpa una bolsita con pastillas casi vacía.
La deja en la mesa y se va al baño. Me acabo los huevos y me pongo otro
café. Hay un cigarro con hachís a medio fumar en el cenicero. Lo prendo y le
doy algunas caladas. La verdad no es tan buen hachís. Me acuerdo que me quedé
dormido anoche sintiéndome medio paranoico. Pero hoy es otro día, hasta ahora
no hay paranoia ni nada. Carlos sale del
baño agarrándose la panza."Sobres wey ya
me voy". Y se va así sin más.
Tengo mucha
hueva y aburrimiento. Agarro la bolsita con tachas. Quedan como seis. Son de
las de colores. ¿Sabes cuáles? La neta, no me gustan. Me gustan las de
capsulita. De todas formas me meto una a
la boca. Y me la paso con el café. Hace un buen día hoy. La luz entra por la
venta de la cocina y como que me recuerda a mi niñez. No sé. Algo.
Me meto a bañar
sin disfrutarlo mucho porque no sirve el boiler. Me salgo en chinga, más
despierto ahora sí. Me pongo pantalones de mezclilla, una playera de los Munster
que tengo desde que tenía 18, me calzo unos addidas y salgo.
Afuera la vida
transcurre como siempre. Es sábado. Hay algunos transeúntes en mi calle pero no
demasiado. Me siento bien porque no me siento paranoico ni nada. No como anoche,
por lo menos. ¿Y quién era ese vecino que estuvo oyendo infomerciales toda la
puta noche, con la puta televisión a todo puto volumen? Me caga. Me cagas vecino,
quien quiera que seas.
Me subo en el
micro de hotel de México y me bajo en insurgentes. Me subo al metrobus y me voy
al norte hasta la estación de Revolución. Aquí me robaron la cartera una vez.
De chavo. Me cruzo la calle y me adentro en los territorios de la colonia San Rafael.
Necesito comprar mota y aquí vive uno de mis distribuidores favoritos. Una
vieja mitad hippie, mitad religiosa, mitad bruja, mitad vecina chismosa de la
colonia. Me está diciendo los últimos chismes de la vecindad mientras prende un
chingo de inciensos y saca un cuarzo, pasa delante de san juditas y se
persigna. “Por aquello de las malas vibras”
dice y se sienta a mi lado, tan cerca que puedo oler que tiene una muela ya
medio podrida y que se le puede caer en cualquier momento.
Me enseña una
mota riquísima. Huele tan bien que me quedo un rato con la cara metida en la
bolsa. Es como entrar en un bosque donde todo es perfecto. En el sentido
ontológico, no en el teológico.
Me llevo media
onza para toda la semana. Va a venir una prima que se quiere quedar en la casa.
A ella no le gusta la mariguana. Dice que le gustan las drogas fuertes. Dice
que la mariguana le da chueco y que la pone mal. Yo la mariguana la necesito
para aguantar toda su chachara incoherente. Horas y horas de balbucear.
Me voy y
empiezo a caminar hacia el sur entre las calles, con paso rápido como el de un
cadete. De pronto me siento como un cabo marchando entre el régimen. Demasiado
derecho. Demasiado atento a lo que dice el general. De niño siempre quise ser
soldado. Como Rambo o como Van Damme en soldado universal. Después me enteré
que lo soldados tenían que hacer mucho ejercicio y me decepcioné. Nunca he sido
mucho de deportes y esas cosas. No se me dan. Disfruto una buena plática de
futbol. Incluso hasta le voy al cruz azul. Pero no puedo ver un partido
completo en la tele y jugarlo se me hace totalmente una pérdida de tiempo.
De verdad que
hace un día hermoso. La gente luce sonriente y contenta. Incluso yo mismo me
siento con energía y feliz. Diría amoroso pero temo sonar medio puñal. Creo que
esas tachas a fin de cuentas eran más mdma que speed barato. Tendré que
agradecérselo a Carlos cuando lo vuelva
a ver.
Me encamino a
mi casa en la Narvarte a pie y llego en 45 minutos. De verdad que estoy
inspirado. Pero noto un pequeño bajón y mis dientes crujen con ansiedad.
Subo los
escalones de dos en dos. Pongo el último lp de varios artistas de mad hop. La
música con bajos muy profundos me hace sentir bien y hasta bailo un poco alrededor
de la casa. Me sirvo un vasito de vino. Otra pastillita y ahora si no me
aguanto. Mucha pila y poco que hacer. Muy bonito el día. De verdad. Muy bonito.
Camino de un lado a otro, con el vaso en la mano. Se acaba la música y ahora lo
pongo simplemente en shuffle. Me sirvo otro tinto. Me prendo un cigarro. Antes
fumaba camel y ahora delicados con filtro, rojos. Ya no me gustan de otros.
Quizá Alas. De repente. Otra vez un chiflido. Son Daniela y el Rojo. ¿Por qué
nadie tocará el puto timbre? ¿En qué momento chiflar se convirtió en la primera
puta opción?
Suben y
escucho que van gritándose desde las escaleras. Malas vibras. Mierda. Entran
con un six de indio de lata grande, lo cual es una buena idea porque el vino me
empieza a dar acidez. Abro una y me
quedo viendo cómo se siguen gritando y mentando madres. Más Daniela que el Rojo
pero da igual. ¿Para qué chingados vienen a mi casa a gritarse? Quizás es el
tipo de gente que atraigo. Últimamente me he dado cuenta que siempre me hago
amigo del wey más pedo de la fiesta. Al cabrón que ya nadie quiere cerca, a ese
wey me le acerco a cotorrear. Por eso
ahora estoy sentado en un sillón, viendo como dos de mis mejores amigos se
pelean. Alcanzo a escuchar algo que tiene que ver con celos, pero la verdad es que
yo estoy ya muy lejos de ellos. Los veo mover la boca y agitar los brazos,
mirarse con ojos de furia. Pero lo único que puedo escuchar son las notas
profundas de Ta-Ku y sus cortes de voces aterciopeladas. Eso sí que inspira.
Me paso otra
pastilla con la segunda cerveza y entonces todo comienza de verdad. Los amigos
se van. Otros llegan. La música sigue sonando en mi cabeza o en la sala, la
verdad es que no me doy cuenta. La gente habla demasiado, dice cosas
irrelevantes que me entretienen mucho. Luego me suelto a hablar y no paro. Otro
chiflido en la calle. Nadie nunca va a entender para qué es el timbre. Hoy es
un día estupendo. No hay paranoia a la vista y no alcanzo a escuchar la
televisión de ese vecino retrograda. En la sala las nubes de humo me hacen
sentir en Jalapa, con toda esa neblina y toda esa gente hablando. Me prendo un
delicado y hago mi contribución a la neblina tóxica de mi hogar. Cierro los
ojos un momento. Nada más un momento.
Buen, buen ritmo. Terminé de leer apurada, con prisa.
ResponderEliminarSí, exactamente, buen ritmo. Supondremos que habrá al menos una segunda entrega en la que la noche, ya no el día que tan bonito está (ja ja), será escenario. Bien!
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