sábado, 12 de julio de 2014

DF

1.- Inspiración.

Me despierta un chiflido que se va colando entre mis sueños, hasta que por fin me arranca de la cama. Me asomo y veo a Carlos parado viendo justo a mi ventana. Le aviento las llaves y sube. Trae cara de aftereado. Se pone a contarme que viene de una fiesta. Que hubo putazos y que se ligó a una vieja un ratito. Hasta que alguien más también se la ligo. Estaba tocando un wey que venía de Europa. Tec house y deep house. Como a mí no me gusta el house en particular, no me emociono, ni nada. Nada más le voy dando el avión un rato.
Pongo la cafetera y unos huevos a freír.  Carlos no come nada porque trae el estómago de piedra. “Muchas tachas”, dice viendo con culpa una bolsita con pastillas casi vacía.  La deja en la mesa y se va al baño. Me acabo los huevos y me pongo otro café. Hay un cigarro con hachís a medio fumar en el cenicero. Lo prendo y le doy algunas caladas. La verdad no es tan buen hachís. Me acuerdo que me quedé dormido anoche sintiéndome medio paranoico. Pero hoy es otro día, hasta ahora no hay paranoia ni  nada. Carlos sale del baño agarrándose la panza."Sobres wey ya me voy". Y se va así sin más.

Tengo mucha hueva y aburrimiento. Agarro la bolsita con tachas. Quedan como seis. Son de las de colores. ¿Sabes cuáles? La neta, no me gustan. Me gustan las de capsulita. De todas  formas me meto una a la boca. Y me la paso con el café. Hace un buen día hoy. La luz entra por la venta de la cocina y como que me recuerda a mi niñez. No sé. Algo.

Me meto a bañar sin disfrutarlo mucho porque no sirve el boiler. Me salgo en chinga, más despierto ahora sí. Me pongo pantalones de mezclilla, una playera de los Munster que tengo desde que tenía 18, me calzo unos addidas y salgo.  

Afuera la vida transcurre como siempre. Es sábado. Hay algunos transeúntes en mi calle pero no demasiado. Me siento bien porque no me siento paranoico ni nada. No como anoche, por lo menos. ¿Y quién era ese vecino que estuvo oyendo infomerciales toda la puta noche, con la puta televisión a todo puto volumen? Me caga. Me cagas vecino, quien quiera que seas.

Me subo en el micro de hotel de México y me bajo en insurgentes. Me subo al metrobus y me voy al norte hasta la estación de Revolución. Aquí me robaron la cartera una vez. De chavo. Me cruzo la calle y me adentro en los territorios de la colonia San Rafael. Necesito comprar mota y aquí vive uno de mis distribuidores favoritos. Una vieja mitad hippie, mitad religiosa, mitad bruja, mitad vecina chismosa de la colonia. Me está diciendo los últimos chismes de la vecindad mientras prende un chingo de inciensos y saca un cuarzo, pasa delante de san juditas y se persigna. “Por aquello de las malas vibras” dice y se sienta a mi lado, tan cerca que puedo oler que tiene una muela ya medio podrida y que se le puede caer en cualquier momento.

Me enseña una mota riquísima. Huele tan bien que me quedo un rato con la cara metida en la bolsa. Es como entrar en un bosque donde todo es perfecto. En el sentido ontológico, no en el teológico.
     
     Me llevo media onza para toda la semana. Va a venir una prima que se quiere quedar en la casa. A ella no le gusta la mariguana. Dice que le gustan las drogas fuertes. Dice que la mariguana le da chueco y que la pone mal. Yo la mariguana la necesito para aguantar toda su chachara incoherente. Horas y horas de balbucear.

Me voy y empiezo a caminar hacia el sur entre las calles, con paso rápido como el de un cadete. De pronto me siento como un cabo marchando entre el régimen. Demasiado derecho. Demasiado atento a lo que dice el general. De niño siempre quise ser soldado. Como Rambo o como Van Damme en soldado universal. Después me enteré que lo soldados tenían que hacer mucho ejercicio y me decepcioné. Nunca he sido mucho de deportes y esas cosas. No se me dan. Disfruto una buena plática de futbol. Incluso hasta le voy al cruz azul. Pero no puedo ver un partido completo en la tele y jugarlo se me hace totalmente una pérdida de tiempo.

De verdad que hace un día hermoso. La gente luce sonriente y contenta. Incluso yo mismo me siento con energía y feliz. Diría amoroso pero temo sonar medio puñal. Creo que esas tachas a fin de cuentas eran más mdma que speed barato. Tendré que agradecérselo a  Carlos cuando lo vuelva a ver.

Me encamino a mi casa en la Narvarte a pie y llego en 45 minutos. De verdad que estoy inspirado. Pero noto un pequeño bajón y mis dientes crujen con ansiedad.

Subo los escalones de dos en dos. Pongo el último lp de varios artistas de mad hop. La música con bajos muy profundos me hace sentir bien y hasta bailo un poco alrededor de la casa. Me sirvo un vasito de vino. Otra pastillita y ahora si no me aguanto. Mucha pila y poco que hacer. Muy bonito el día. De verdad. Muy bonito. Camino de un lado a otro, con el vaso en la mano. Se acaba la música y ahora lo pongo simplemente en shuffle. Me sirvo otro tinto. Me prendo un cigarro. Antes fumaba camel y ahora delicados con filtro, rojos. Ya no me gustan de otros. Quizá Alas. De repente. Otra vez un chiflido. Son Daniela y el Rojo. ¿Por qué nadie tocará el puto timbre? ¿En qué momento chiflar se convirtió en la primera puta opción?

Suben y escucho que van gritándose desde las escaleras. Malas vibras. Mierda. Entran con un six de indio de lata grande, lo cual es una buena idea porque el vino me empieza a dar acidez.  Abro una y me quedo viendo cómo se siguen gritando y mentando madres. Más Daniela que el Rojo pero da igual. ¿Para qué chingados vienen a mi casa a gritarse? Quizás es el tipo de gente que atraigo. Últimamente me he dado cuenta que siempre me hago amigo del wey más pedo de la fiesta. Al cabrón que ya nadie quiere cerca, a ese wey me le acerco a cotorrear.  Por eso ahora estoy sentado en un sillón, viendo como dos de mis mejores amigos se pelean. Alcanzo a escuchar algo que tiene que ver con celos, pero la verdad es que yo estoy ya muy lejos de ellos. Los veo mover la boca y agitar los brazos, mirarse con ojos de furia. Pero lo único que puedo escuchar son las notas profundas de Ta-Ku y sus cortes de voces aterciopeladas. Eso sí que inspira.
Me paso otra pastilla con la segunda cerveza y entonces todo comienza de verdad. Los amigos se van. Otros llegan. La música sigue sonando en mi cabeza o en la sala, la verdad es que no me doy cuenta. La gente habla demasiado, dice cosas irrelevantes que me entretienen mucho. Luego me suelto a hablar y no paro. Otro chiflido en la calle. Nadie nunca va a entender para qué es el timbre. Hoy es un día estupendo. No hay paranoia a la vista y no alcanzo a escuchar la televisión de ese vecino retrograda. En la sala las nubes de humo me hacen sentir en Jalapa, con toda esa neblina y toda esa gente hablando. Me prendo un delicado y hago mi contribución a la neblina tóxica de mi hogar. Cierro los ojos un momento. Nada más un momento.


2 comentarios:

  1. Buen, buen ritmo. Terminé de leer apurada, con prisa.

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  2. Sí, exactamente, buen ritmo. Supondremos que habrá al menos una segunda entrega en la que la noche, ya no el día que tan bonito está (ja ja), será escenario. Bien!

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