sábado, 25 de julio de 2015

De yogurt y otras banalidades (DF 4)


   Salí de trabajar a las ocho de la noche. A las diez, cuando llegué a la casa de ustedes, mi mujer no estaba, su ropa no estaba, ni tampoco sus zapatos.

   Tres noches atrás me dio algo, no sé qué, pero me puse a contar sus zapatos, por pares. Primero los saqué todos afuera de su closet, después los puse en hileras y los conté. Eran treinta seis. Pares por supuesto. Yo tenía unos zapatos negros para el trabajo y un par tenis que usaba los fines de semana. Y ya. Eso era todo lo que yo tenía.
    
   Esa misma noche se lo conté. Le dije: “tú tienes treinta y seis pares de zapatos y yo nada más tengo dos.” Se quedó callada, mirándome justo a los ojos, clavándome la mirada como si quisiera que a través de ella yo adivinara todo lo que estaba pensando. Pero nada más le aguanté la mirada unos segundos y después seguí cenando los chilaquiles verdes que acaba de guisar, con crema y cebolla y queso rallado, cómo me gustan.
    
   Ella se levantó y dejó su plato intacto sobre la mesa. Se metió un rato al baño en lo que yo acababa de cenar. Cuando terminé puse mi plato en el fregadero y me senté a fumar en el sillón de la sala. Ella salió del baño y sin decir nada se metió al cuarto y cerró la puerta. Yo supuse que estaría contando todos los zapatos que tenía. Me la imaginé sacándolos del closet y poniéndolos en hilera, tal como yo le había hecho. Prendí la tele y me puse a ver una película que apenas empezaba.

   Era viernes y los viernes en la noche siempre pasan las mejores películas. Esta vez pusieron una del 007. No de las viejitas sino de las últimas, donde James Bond es un alcohólico que le tiembla la mano y no puede disparar bien. Me cayó muy bien ese Bond, lo entendí a la perfección. ¿Cómo esperaban sus jefes que después de una vida de tomar bebidas elegantes con mujeres elegantes no acabara alcohólico y tembloroso?
    
   Al tercer anuncio me paré a servirme un vaso de coca cola con hielos. Como era viernes agarre el vaso grande, el que le dieron a mi sobrino en el cine cuando lo llevamos a ver la de los Avengers. Es un vaso bien grande que tiene dibujados a los super héroes estos en pose como de acción, nada más que ya se les están borrando las caras un poco. Y mientras me servía la coca me imaginé mi cara ahí, en el cuerpo de uno de esos super héroes, preocupado por salvar al mundo y todo eso, agarrando un martillo gigante.
   
    Mi mujer todavía no salía del cuarto. Pensé que a lo mejor y todavía estaba contando los zapatos, o a lo mejor ya no. Su plato de chilaquiles seguía en la mesa, lo agarre y me lo llevé a la tele con un pedazo de bolillo. Los chilaquiles me habían quedado muy buenos y no estaban como para desperdiciarse. Mientras me los comía, James Bond estaba en una misión que iba en contra de los principios de su país, todo mundo lo quería matar. Cuando me acabé los chilaquiles me prendí un cigarro. Fue entonces que mi mujer salió del cuarto. Me quedé viendo como salía y pasaba de largo por la sala hacia la puerta.

   “¿Adónde vas?”, le pregunté cuando estaba abriendo la puerta.

   “Con mi hermana” dijo y cerró la puerta. “¡Pasa por una coca de regreso!”, le grité pero lo más seguro fue que no me escuchó.
   
    Después de la de James Bond me quedé sentado un rato más viendo los anuncios, que siempre duran más entre película y película. De repente pasaron uno en que hay una mujer que está preparando el desayuno, su esposo está durmiendo y también el hijo y la hija. Se nota que es fin de semana porque hay mucha luz y todos siguen durmiendo. Entonces la mujer destapa un bote de yogurt grande y cuando lo destapa toda la familia se despierta y bajan corriendo, en piyama y muy bien peinados, a desayunar. También baja un perro Golden que antes no había aparecido. Y se sientan todos, menos el perro, a la mesa y se sirven yogurt en diferentes presentaciones. El papá es el único que se sirve yogurt sólo. Y ahí acaba, eso es todo. Pero por alguna razón me dio un ataque de risa como hace muchos años no me daban, de esos que te doblan y te tiran del sillón, y por más que quieres no puedes parar y sigues y sigues riéndote hasta que ya no es tan agradable, y te sigues riendo y te duele la panza y las costillas y se te escurren las lágrimas por la cara. Cuando por fin pude parar, me quedé en el suelo tirado boca arriba un rato, descansando la espalda, viendo las manchas de humedad en el techo. Después cerré los ojos y me quedé dormido.

   En la mañana cuando desperté me dolía todo el cuerpo. Mi mujer no estaba. Supuse que se habría quedado a dormir en casa de su hermana que vive tres calles atrás de la de nosotros. Me paré y me asomé al refrigerador para ver si teníamos yogurt, pero no había nada. Me metí a bañar, me puse unos shorts, una playera y mis tenis. Luego salí a comprar yogurt.

   El día estaba hermoso, el cielo azul y despejado. Me fui caminando hasta el walmart y compré dos botes de yogurt grandes. En el camino de regreso pasé por casa de mi cuñada. Cuando toqué salió mi cuñado con cara de pena.

   “Ahora si la cagastes” me dijo sin mirarme a los ojos, agachando la cabeza como si buscara en suelo las palabras adecuadas. “No sé qué le hicistes, pero ahora si está bien encabronada.”

   De repente me sentí cansado, muy cansado. Me volvió a doler la espalda de haberme dormido en el suelo toda la noche. Le di un bote de yogurt a mi cuñado y me fui para mi casa  que es la de ustedes. En la calle ya había niños jugando y gente hablando, señores lavando sus coches y señoras tendiendo su ropa. Y de repente me acordé otra vez del comercial del yogurt, de cómo se veían bien felices todos desayunando, sirviéndose yogurt. Luego me acordé de James Bond, viejo, alcohólico y tembloroso y de cómo todos lo querían matar. Entonces me di cuenta de que no me importaba si mi esposa regresaba a la casa o no.

    Me senté en la banqueta y destapé el yogurt. Le di dos tragos pero estaba asqueroso y lo tiré. Una señora que pasaba por ahí se me quedó viendo y yo le aguanté la mirada todo el tiempo. Luego me prendí un cigarro. Unos niños jugaban futbol en la esquina. Había dos que no lo hacían nada mal. 

martes, 21 de julio de 2015

¿Coito? Mejor hablemos del chapo.

Sentado en el bar con la cerveza en la mano, veía a la chica, la cita de la noche, regresar del baño. Ligeramente ebria se sentó en la mesa y le dijo: me encantan tus ojos, eres tan tierno. Él sonrío. Tú también me gustas, le dijo, le acarició la pierna, tomó su cerveza y le dio un trago. Estoy muy contenta contigo dijo ella, a lo que él respondió nuevamente con una sonrisa.

De regreso al tema de conversación, dijo ella, cada quien tiene que poner su granito de arena en esta mierda de sociedad que tenemos. Por eso me siento bien ayudando en lo que puedo dentro de la organización y tú sabes, es una organización que ayuda al migrante. Sabes lo que sufre el migrante pasando por nuestras tierras, no sé cuál sea el porcentaje de centroamericanos muertos por intentar cruzar la frontera sur de México y después recorrer el largo trayecto sobre la bestia, el tren que va de sur a norte por todo el país. 

Creo que al menos 6 de cada 10 personas muere o son coaptados por el crimen, como sexo servidoras, sicarios, halcones o alguna función impuesta dentro de la célula criminal. Muchos también muertos en fosas clandestinas, de esas que se la pasan encontrando por todos lados, llenas de cadáveres desconocidos, sin rastro, sin nombre. O caen del tren y con suerte mueren, o son amputados de algún brazo, pierna, dedo, ojo en algún pinche hospital insalubre, por algún médico pedo y son deportados de regreso a casa, a la mierda de situación de la que huían.

La vida se define tal vez como la más atroz, cruel y sanguinaria tragedia.  Algunos terminan cruzando como mulas, llevando algo de droga con ellos. Creo que éstos son los que mejor suerte tienen, ya que si logran cruzar la droga, del otro lado se hacen cargo de ellos y los trasladan directamente a donde van.  A reunirse con ese familiar o con ese amigo que los espera en Estados Unidos para realizar el sueño americano. ¡Vaya sueño! concluyó ella.

Sin duda el sistema es una gran porquería, contesto él y volvió a acariciar su pierna. Como diciéndole aquí estoy, te escucho, pero también quiero que sientas que te estoy tocando y que esta cita puede acabar muy bien. Conmigo arriba de ti, penetrándote, como animales que somos, disfrutándonos, satisfaciendo nuestra necesidad carnal. En ese momento no vas recordar al migrante o sus fosas y me vas a pedir que lo haga más rápido y más fuerte. En qué piensas, lo interrumpió ella, derrepente te quedaste pensativo. Solo pienso que eres tan bella por dentro y por fuera y meditabundo intento sonreír.

En realidad sus últimas experiencias en la cama había sido más bien psicóticas, el momento de coger confuso, como no saber bien si estas actuando, pensando en pendejadas, mientras te concentras en venirte. Cambias de posición y con suerte el miembro se mantiene erecto continuas con el coito, respiraciones, pensamientos van y vienen ¿qué tengo que hacer mañana? Tengo que lavar los trastes ¿pagar la luz?, no, ya la pague, ¡tengo que venirme! Dos de las últimas tres veces que había cogido no había terminado y la señorita se había incomodado aunque ella si había alcanzado el orgasmo, al menos eso le dijo.

¿Por qué se molestarán las mujeres por qué uno no se viene? Concluyó su con su pensamiento y prefirió retirar la mano del muslo de ella y preguntarle sobre el chapo. ¿Qué piensas del escape del chapo?  

miércoles, 1 de julio de 2015

¿Qué edad tienes, de verdad?



Wey, ¿tú qué edad tienes? me preguntó Esteban, el gringo, sin yo aún saber quién era él —no que después haya sabido mucho más de él… su nombre, sí, su chica, también, pero no mucho más. Tengo 30 años, le respondí, no muy seguro si me respuesta era la que se requería o si era el tipo de información que se tiene que guardar para aventarla al final de la noche, o guardarla para otro día más soleado.
¿Y tú qué haces?, me volvió a socretizar Esteban. Me hice rependejo, pero su novia, que se acababa de sentar en la banca —sin gracia ni decoro, cabe decir, y cabe porque nada de lo que me mostró cuando abrió las piernas para sentarse me apeteció— me llamó por mi nombre, o casi: “sí es cierto, qué haces tú, Chimo, se me olvida… perdón estoy bien peda, ja ja”.
Ja ja ja, de hecho. Ja ja, ciertamente, quise decirle: mira, no me llamo así, pero preferiría hablar de otra cosa, si se puede.
Ojalá le hubiera dicho eso.
Pero no, Esteban no me dejaba, y sus amigos, entre más me hacía pendejo, más se interesaban. “Tienes una barba bien bonita”, me dijo un cabrón que por su acento no podría ser otra cosa que un wey de la frontera americana. Te doy un beso si quieres, pensé. Pero igual, ojalá lo hubiera dicho: el pendejo no podía ser más violencia-gay-aunque-YO: te-ruego que me-cojas.
Pues juego, les dije.
Mala idea.
¿Y a qué juegas, Chimo?
Mierda, ese no es mi nombre:
A romperte la madre, a jugar con y restregar tu cara en el pavimento duro.
Les dije que no quería hablar más. Les dije, estoy pacheco, déjenme en paz. Esteban me había dado un poco de su mota.
Me levanté, dejé un billete que valía más que las 2 (¿3, 5, 8, 13?) que creía eran mis cervezas tomadas, y me fui.
Caminé como pude a casa, aunque antes me encontré con una batalla inesperada a la kill bill con Ruby, el hermano de Esteban (pincho gringo mal-pedo) y llegué.
[No siempre la historia que te cuentan tiene un final. Ni tampoco, para ustedes, juiciosos, tiene un final sangriento, o sexual.
Pero: si lo necesitan, sí,] terminé en la cama, con un labio partido, probablemente una costilla herida, y un ojo morado. Pero me cogí a Ruby, el hermano de Esteban, y a la chica de éste último,  Polette, quien me preguntó al día siguiente, mientras preparaba unas margaritas en mi licuadora:
¿De verdad tienes 30 años?  

miércoles, 10 de junio de 2015

Arrojado

Arrojado a la vorágine de la plástica y de las letras: el intento irreductible de abstraerse hasta la implosión, como con ganas de salir de la vida por un momento, como en un desdoblamiento, sólo para verla desde afuera, para extasiarnos con su dimensión.

lunes, 16 de febrero de 2015

En Turno (DF 3)


Se terminó de un trago lo que quedaba en la botella de anís. Hacía un frío intenso esa noche.  Adentro de la patrulla no era mejor. La calefacción no servía. Llevaba puestos los guantes de piel que su hermano le regaló por navidades. Él no había llevado regalos para nadie ese año.

Con dificultad prendió un cigarro. Miró por la ventana hacia la oscuridad de la noche. La calle vacía. Algunas luces prendidas dentro de las casas. De pronto se dio cuenta de lo mucho que le costaba estar trabajando en estos momentos.

En el radio sonó una voz robótica anunciando un asalto en proceso a solo 10 minutos de donde él se encontraba.

El cigarro no le duró el tiempo suficiente y se prendió otro. Se quitó los guantes y se pasó una mano por la cara. Sintió lo rasposo de su barbilla sin afeitar con la punta de los dedos.

En el radio anunciaban que el asalto se había convertido en asesinato. Llamaban a todas las unidades.

Se terminó el cigarro y arrancó el motor del coche. Era una patrulla vieja y había que esperar a que se calentara antes de poder lograr avanzar. Pasó un rato escuchando el ronroneo del motor en marcha. Después pareció cambiar de idea y volvió a apagar el motor. Pensó que quizá ya se habría ocupado alguien del asunto.

Se acomodó en el asiento y trato de dormir un poco. Al cabo de media hora despertó helado. Nervioso. 

Salió de la patrulla y caminó dos cuadras hasta una tienda de 24 horas. Compro una nueva botella de anís, un paquete de cigarros y una revista de chismes de la  farándula.

Regresó a la patrulla y antes de entrar orinó la llanta trasera del coche. Cerró la puerta justo cuando se escuchó algo semejante a un disparo. 

Se quedó frío. Tieso. Inmóvil. Escuchando con toda su atención. Tratando de encontrar en su campo auditivo algo que lo alertara de nuevo. Algún grito. Otro disparo. Sirenas. Algo. Pero no. Nada.

Se acomodó de nuevo en su asiento. Abrió la botella mientras miraba por los espejos hacia atrás. Se dio un buen trago y sintió el calor del licor dulce abrasar su estómago. Suspiró. Recordó a su hermano en la fiesta de navidad. El centro de las conversaciones familiares. Su hermano el doctor. El exitoso. Con regalos para todos. Con botellas caras. El de la conversación interminable. El de la mujer  hermosa. El de los hijos bien-portados. 

Se dio otro trago de anís y se le antojo un cigarro. Abrió la cajetilla después de golpearla contra la palma de su mano tres veces. Se prendió el cigarro. Bajó la ventana unos centímetros justo en el momento en que un perro aulló muy cerca de su puerta. Instintivamente se llevó la mano a la pistola. Después soltó una leve risa y se recargó en el respaldo. Cerró los ojos mientras soltaba una bocanada de humo. 

Cuando los abrió de nuevo, vio frente a sí un resplandor amarillento y quemado. Instantes después escuchó un trueno metálico. Le pareció que el sonido venía de muy lejos. Se dijo que no era algo que tuviera que ver con él. No se movió. Lentamente le fue inundando un calor abrasador en el hombro. Como una quemada de cigarro que naciera del interior de la piel. Pero creciente. Cada vez más intensa. Más dolorosa. Le cruzó por la mente que ese dolor no era suyo. Que no estaba dentro de él. Después le llegó el dulce olor de la carne quemada y lo comprendió todo. Le habían disparado. A él. Un policía en turno.  Le había disparado en el brazo. Y dolía. Dolía como nada que le hubiera dolido jamás en la vida. Después sintió la sangre tibia bajando por el brazo hasta empaparle la mano. La sangre abandonándolo. Huyendo de su cuerpo. Quitándole la vida. Poco a poco. Y pensó de pronto que esto no le estaba pasando a él. Que le estaba pasando a alguien más. A cualquiera. Quizás… a su hermano.


L.A. 2015

lunes, 26 de enero de 2015

Día del grito

Regresamos al hotel donde se hospedaba ella y sus papás.  Quince de septiembre, día del grito. Borrachos, dieciocho años, con las hormonas rebotando en todo el cuerpo.  Decidimos no ir al cuarto de sus papás y en lugar de eso; meternos al baño de mujeres de la recepción. Excitado, manoseándola por  todas partes, besándola, lamiéndola. Acabamos en el suelo, desprendiéndonos de nuestros pantalones a punto de la penetración. Entra alguien al baño, son unos tacones, los podemos ver por debajo del privado al que nos habíamos metido.  Se detiene justo en nuestra puerta y toca. Pronuncia el nombre de ella, era su mamá. Ya voy, contesta ella. Nos incorporamos nerviosos y nos acomodamos lo mejor que pudimos la ropa,  abrimos la puerta. ¡Hay un hombre en el baño de mujeres! gritó la mamá, en varias ocasiones. Salí a paso veloz del baño y del hotel. Ella me siguió, tomamos un taxi y nos fuimos de ahí. ¡Vaya día del grito! dijo ella, y reímos.   

martes, 13 de enero de 2015

Ascención

La yurta en la que el muchacho se encontraba tenía más de seis metros de altura y alrededor de diez de diámetro. En el centro de ésta, desde la primera noche, había un abedul que, despojado de sus ramas y con nueve cortes horizontales, formaba una escalera que llegaba hasta el orificio central del techo, por donde se podía ver que escapaba el humo de la fogata frente a la cual el chamán ahumaba su tamboril por tercera vez.  Todo olía a hierbas, en una espesura que colmaba dulcemente los pulmones del neófito, llevándolo a un estado de relajación, sí, pero también de una atención tal que parecía que, a pesar de aquel aire, se había olvidado de parpadear. 

En la segunda noche el chamán había ordenado que le trajeran un caballo blanco, que hermoso y sereno había entrado a la yurta, con una parsimonia que había fascinado al muchacho. Muerto ahora frente a sus pies, aquel majestuoso animal había cobrado una belleza diferente, tal vez era, pensó el muchacho, el digno final al que se le había encausado, sobre todo para él, pues fue él quien había solicitado que se realizara con urgencia el ceremonial. 

Muerto el caballo, consagrado el tamboril e inmersos completamente en la tercer noche, los cantos a Merkyut, el pájaro del cielo, se empezaron a elevar para llamarlo. Las voces de los 13 presentes en la yurta – el séquito del chamán - creaban un efecto hipnótico en la mente del neófito. Cantos ancestrales, melodías míticas de una cultura casi olvidada, oraciones mágicas que abrirían las puertas del cielo para que el chamán extrajera de él, el conocimiento que el muchacho necesitaba para salvar la vida de su madre, víctima de una enfermedad desconocida.

La urgencia de ello se apoderó de pronto de su mente, arrebatándole la calma y desatando una ansiedad a la que, parecía, lo obligaba la exclusiva contemplación de los hechos. Era la vida de su madre la que estaba en juego, ¿Qué no lo entendían estos extraños? ¿Tenían que pasar forzosamente tres noches? Se sintió mareado, le parecieron absurdos los cantos que lo rodeaban, el aire se volvió más y más espeso, el cadáver de aquel animal inerte a sus pies, le pareció repugnante. Estaba a punto de desvanecerse, cuando vio que del orificio central del techo, la silueta de una enorme ave aparecía. Era Merkyut, descendiendo en círculos hasta posarse en el hombro derecho del sacerdote. Era el pájaro del cielo, que aparecía para renovarle las fuerzas y la esperanza y la fe y la alegría.

El muchacho se unió entonces a los cantos, que parecieron aumentar su volumen conforme el chamán intensificaba el trance por el cual recibía los poderes de Merkyut: estaba listo para la ascensión. De pronto firme, con una inmovilidad tal que el muchacho pensó que su mente, también en trance, le había congelado la realidad, el sacerdote de la tribu contempló, durante varios minutos el abedul en el centro de la yurta. Luego lentamente pero con decisión, caminó hacia él, y justo cuando sus manos se posaron sobre el tronco del árbol, al muchacho le pareció que una onda de energía brotaba del centro de éste, golpeando contra su pecho, golpeando todo lo que había en el valle y silenciando el canto de los insectos. Fue entonces que el chamán empezó a trepar por las muescas del árbol ceremonial, simbolizando para todos, la penetración en los nueve cielos, y describiendo para su auditorio, paisajes del cosmos al que sólo algunos elegidos tienen acceso. El muchacho lo sabía, y boquiabierto, contemplaba al heroico chamán revelando un conocimiento que de otra manera al él no hubiera llegado nunca.

En el sexto escalón se veneró a la luna, en el séptimo al sol, en el octavo a las estrellas fijas, y finalmente en el noveno el chamán se detuvo en silencio para prosternarse ante Bai-Ulgen, el dios supremo, quien conmovido por los cantos y el sacrificio, reveló a la mente del sacerdote, el conocimiento por el que fue invocado.

Desde el punto más alto de la yurta, el chamán recitó al muchacho, con una voz que no era la suya, los ingredientes para una infusión que curaría a su madre, antes de desplomarse, extenuado, en el suelo.

Seis pieles de oso y un collar con cuentas doradas dejó el muchacho a los pies del chamán, atendido ya por su séquito, y echó a correr a donde sabía, hallaría los ingredientes. Al séptimo paso que dio, escuchó la voz del chamán en su mente: date prisa, que Bai-Ulgen está llamando el alma de tu madre. Un horrible presagio recorrió como hielo su espalda, haciéndolo acelerar el paso, secarse las lágrimas y desear que no fuera demasiado tarde.

miércoles, 7 de enero de 2015

Los ojos y el cuchillo

Abrió el cajón de los cubiertos y agarró el cuchillo lleno de ansía, sabiendo lo filoso que es. Cerró los ojos fuertemente esperando que el ansia desapareciera, no lo hizo.  Con la mano temblorosa y sin mirar el cuchillo cortó el limón y aventó el cuchillo al fregadero, cerró los ojos fuertemente y se los rascó con los dedos de la mano.  Puta madre, se dijo así mismo. Su mente confundida, pero excitada por aquella ansia que no se explicaba. Su cuerpo débil, tembloroso y con dolores. Sabía muy bien que todo lo que estaba viviendo era gracias a la cantidad de alcohol ingerida la noche anterior. En su mente la portada de Un Chein Andalou.

Puta madre, hizo cuentas. Llevo al menos catorce horas sin tomar. En algún lugar había leído que lo peor de la cruda viene justamente a las catorce horas. Aunque también había leído que no, que puede ser a los dos o tres días de haber bebido, pero qué cantidades de alcohol y por cuánto tiempo hay que beber para que te venga un rebote a los dos, tres días. La fiebre blanca, se dijo así mismo, ¿podré yo llegar a esos grados de alucín? El ansia con los filos y sus ojos no cesaban ni viendo la televisión ni tomando té ni siquiera en  total oscuridad con los ojos cerrados, ¡qué desesperación! Todo esto, por cuánto, se preguntó. Por alrededor de doce horas de fiesta continua;  apenas había fumado algo de marihuana durante esas horas de fiesta, el contacto que tuvo con alguna mujer no contaba como sexo, la plática tuvo sus momentos pero decayó. Puro alcohol sin drogas fuertes ni blandas ni sexo.  Y lo peor es que dentro de él, a alguien le daba gracia la situación y ese alguien sabía que no era ni la primera ni la última vez que pasaría por algo como eso, tan cotidiano se había vuelto.

La cruda acida, se decía a sí mismo. Estaba seguro que este tipo de crudas habían empezado después de tomar ácido durante algún amanecer, borracho en la adolescencia. Alguna ventana dentro de su psique se había abierto y nunca se cerraría. Regresó por su mezcla de doritos con limón y mucha salsa valentina negra, eso era algo que podía disfrutar inclusive en estos momentos y un vaso de coca-cola. Lo estimulaba tanto aquella mezcla química de picor con masa que pensó en prender un cigarro. No lo hizo.

Sabía que esa noche no dormiría ni un poco y que sudaría durante toda la noche. ¿Masturbarse? No tenía imaginación para hacerlo. ¿Leer? Ni pensarlo. Alguna película en la televisión y arrullarse lo mejor que pudiera y tal vez poner otra y otra más y esperar el amanecer y empezar un lunes de esa manera. Puta madre, solo de pensarlo. Pero, te encanta, se dijo a sí mismo en tono regañón.


Tirado en aquella cama, con la televisión encendida viendo alguna película de Miyazaki. Sudando la cruda. Imaginándose sus ojos siendo cortados por el destino, hasta concebir el sueño, como si estuviera dentro de alguna película donde la vida, la muerte, el sueño y la alucinación se mezclan tan bien como los doritos, el limón y la salsa valentina.